miércoles, mayo 10

Ataque celeste (comments recobrados 2)

1.
Los pilotos de avión, suelen ser más intrépidos que seguros. Es decir, se confían tanto a los instrumentos y a los manuales (que piensan por ellos) como a su instinto, pero es la convicción de su valentía lo que los sostiene en el aire como en el borde del balcón más alto. Pero un oscuro día, esa confianza cede, asoma el vértigo y comienza a sentirse preso bajo fuerzas que no puede mensurar ni controlar. Empieza a temer a volar, y entonces, debe dejar de hacerlo. El cielo se le niega, aunque lo ansíe como el agua. Les ocurre a más de uno.

El poeta a veces no difiere de un piloto. Es un piloto en las corrientes del lenguaje. A veces es seguro y mesurado, ajustándose al compás y la rima, y a veces, es intrépido y desata el vértigo como un piloto acrobático. Y también puede llegar a ese punto que comienza a temer a ese medio huracanado que el mismo propició.

Entonces, uno podría pensar que Rimbaud, tal vez, no habría abandonado la poesía por la aventura ante su hastío o su pragmatismo. Capaz Rimbaud estaba aterrorizado y ya no podía volar, y salió corriendo para internarse en el Africa, hacia el olvido de las palabras escritas, a un cielo oclusivo y desposeído.

2.
Ayer, al cierre de mi día, me serví una taza de café recién hecho, y me acodé en la ventana de la cocina, contemplando la noche desde el piso 14. Con la luz apagada, podía ver el neónico resplandor de la ciudad acallada. Sobre el límite, por encima de luces ambarinas y blancas, se destacan luces rojas que titilan como un árbol de Navidad. Son las luces de las antenas que indican a los pilotos el extremo de los edificios. Pienso en los pararrayos y en estas luces de advertencia, erizadas contra el cielo, y tratando de protegernos como una piel sensible de lo que se agita en el cielo y que nos es incontrolable. Algo que nos prevenga, aunque precariamente, de todo ataque celeste.