jueves, julio 21

Encuentro Nocturno

Hacia mis 20 años, me sentí prendado del Surrealismo, y específicamente del modo de captar o merodear la realidad a través de una forma surreal de la percepción. Había leído ese maravilloso librito de Maurice Nadeau acerca de la Historia del Surrealismo, y más tarde, Nadja de Breton. Entonces a esa edad, me largaba a caminar la noche, como un buzo en el abisal vientre de un mar extraño, procurando el encuentro con objetos del deseo y del sueño. Era de esperar que, la más de las veces, trajera a cuestas un zapato viejo o un neumático liso y sucio, de mis inmersiones. Está bien que Breton & Co. podrían haber transformado estos objetos en un sombrero con hebillas de transmisión telepática y un anillo de ahorcamiento abdominal para suicidas esféricos, respectivamente, pero mi imaginación esperaba otro tipo de irradiaciones. El tema estaba en la inquietante y trémula sensación de un encuentro asociativo con cosas y personas que durante el día, ni siquiera les hubiera prestado atención. Esto se potencia, cuando uno no espera esa aparición, esa configuración fortuita y nocturna.

Hace un par de meses, pasando las 10 de la noche, iba con V. caminando por una calle apenas iluminada de Villa del Parque, a metros de su casa. Las sombras de los árboles, perfilados por la pálida luz de un farol insuficiente, en una manzana de casas grises y depósitos comerciales, podrían haber mimetizado ladrones y policías, gatos y ratas. Pero como uno es del barrio, y ha recorrido esta cuadra miles de veces, es tan iluminada para la percepción como si fuese nuestro patio trasero. Y caminabamos, ella y yo, charlando en voz baja de lo que suele charlar una pareja solitaria en la noche.
De pronto escucho, como desde el fondo, una musiquita brillante y eléctrica, que se repetía una y otra vez. Al principio, pensé que era un ringtone de celular llamando en el silencio urbano, y traté de localizar a la persona que estuviese intentando contestar.
El sonido provenía de un árbol distante, y dejando a V. contenida en su sorpresa, me fuí aproximando a ese árbol. La músiquita, adorable e infantil, sonaba dentro de una bolsa de basura, que apenas iluminaba el neón del farol. Primero pensé que alguien había tirado sin querer su celular. Luego, conminándo a V. a acercarse calladita, le susurré que era una cajita de música.
Una cajita de música a pilas, que se había abierto tal vez por el tanteo de un gato pardo, y que en el interior de una bolsa de basura de Coto, no dejaba de cantar. La soledad y la penumbra neónica de una calle de barrio, y el encuentro fortuito de una artefacto nocturno: un "deshecho" musical.
¿Qué hacer? ¿Abrir la bolsa de basura y cerrar la cajita silenciandola? ¿Tal vez quién la hubo tirado, esperaba que algún cartonero la rescatase para sus hijas?
El pensamiento ronda estos encuentros como una mosca persistente, desmontándolos y volviéndolos a armar como un Mecano, buscándoles correspondencias y significantes ajustados. Pero el efecto vibrante que provoca, es uno y primero. Luego sobreviene la rebarba, la reluctancia, la cola doppler. Más efectivo que una Instalación artística (que es un recorte de una experiencia trasladada), es ese momento de choque nocturno con el pensamiento. ¿No podría ser acaso esto el sueño surrealista: la caída de los museos, de los marcos, de las habitaciones blancas y asépticas, de los pedestales y los cordones de plástico policial, las siluetas de tiza de un vacío asesinado?
Pasaron unos pocos minutos más que, encantados, escuchamos la musiquita oculta y cíclica degradándose en sus pilas alcalinas, en esa bella noche urbana. Y no pude saltar el cerco de su hechizo: tomados del brazo, nos alejamos taconeando sobre su partitura infantil. La musiquita terminó silenciándose por la distancia.
Uno podría imaginar avergonzado que, a pesar de la evidente tristeza de la realidad, el mundo de los cartoneros, a partir de ese momento, se encontraba encantado por un cuento de hadas misterioso.

Hay que seguir rotándolo, pensandolo . . .