viernes, noviembre 13

Juan José Saer sobre la necesidad de la crítica

(…) Teniendo en cuenta el estado presente, desde el punto de vista intelectual y artístico, de lo que se llama, sin consentir la delicadeza de algún eufemismo, el mercado literario, se me dio por pensar que la crítica es en la actualidad más necesaria que nunca, y si bien mis textos no se ocupan de demoler falsas reputaciones que en general, con el tiempo, suelen derrumbarse solas, en el momento en que estaba proyectando disculparme por haberlos escritos, tuve la intuición de que esa modestia era peor que un acto de cobardía: era un gesto puramente retórico. Porque, a decir verdad, en mi fuero íntimo pienso lo contrario: renunciar a la crítica es dejarles el campo libre a los vándalos que, al final del segundo milenio de nuestra era, pretenden reducir el arte a su valor comercial.

Es notorio que el discurso contra la crítica, académica o no, que abunda en la escena pública, ya no constituye hoy en día la rebelión legítima de auténticos creadores contra el conformismo que pretendía imponerles un preceptiva petrificada, sino que encarna exactamente lo contrario, es decir la pretensión autonómica de la sociedad mercantil que disfraza el mismo conformismo de siempre en espontaneísmo, de supuesto respeto por la masa de compradores a la que designa con el concepto vago de “público”, y de la confusión constante entre la prosa aproximativa del periodismo y una serie de inepcias que se quieren hacer pasar por literatura.


Es obvio que mi intención no es la de exigir de las autoridades –si por casualidad todavía las hubiese- que prohíban la aparición de malos libros y que castiguen severamente el enriquecimiento ilícito gracias al tráfico masivo y a la vista de todo el mundo, entre la gente honrada pero desprevenida, de mala literatura; de ninguna manera. Pero el submundo que practica ese tráfico detesta a la crítica, porque no ignora que el sistema que ha creado –sobre todo en los países industrializados- no resistiría mucho tiempo a los análisis, a las distinciones, y sobre todo al rigor intelectual y a la ética que el ejercicio de la verdadera crítica supone. Es vital para sus intereses que la crítica no se meta con ellos; y eso tal vez impulsa una de las razones que me incitan a practicarla de vez en cuando: no darles el gusto.
Pera esa razón es secundaria. La principal es la siguiente: ya sabemos que la crítica es una forma superior de lectura, más alerta, más activa, y que, en sus grandes momentos, es capaz de dar páginas magistrales de literatura. En consecuencia, la frecuentación del género con la esperanza de lograr algunas de esas páginas no es un proyecto demasiado inútil por parte de un escritor: la obtención de una sola de ellas lo justificaría.
[Saer escribió este texto como prólogo para su libro de crítica La narración-objeto, fechado el 3 de septiembre de 1999, y editado por Seix-Barral. Siempre estuve tentado de reproducirlo en este blog, porque concuerdo en mucho de sus puntos (aunque habría que ampliarlos con mayor detenimiento en un análisis de los fenómenos percibidos), y especialmente, por su contundencia. Disfruto mucho más los textos críticos de Saer que sus novelas (tal vez, a causa de que tardé en caer en la cuenta de que las novelas de Saer se deben leer como las de Proust: en su conjunto, como un continumm), y recomiendo a quienes sean recelosos de la crítica, tanto La narración-objeto, como El Concepto de Ficción y Trabajos. Creo que a partir de varios post que vengo leyendo por la red, donde el conflicto mercado-literatura-crítica origina cruces estrepitosos y poco razonados, este texto de Saer, esta especie de credo conradiano a favor de un ejercicio sostenido y riguroso de la crítica, es perentorio y necesario. Frente a cualquier discusión que involucre los términos de este conflicto, me parece que, como background, por lo menos debiera estar presente en las mentes de los contendientes.]