lunes, agosto 8

Divertimento

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Era la Mañana, cuando se dispuso a subir la escarpada superficie del Citerón.
Sabía que de no llegar a lo alto, antes de que anochezca, le iba a ser imposible encontrarla a ella en la oscuridad, lo que hacía doblemente peligroso cualquier tipo de búsqueda. Aún así, una confianza ingenua en sus fuerzas y su propia determinación, como transfigurado en un montañez consumado en las experiencias del salvataje, comenzó la escalada.
Sin embargo, ya hacia el Mediodía, la acción conjunta de la pendiente y la gravedad, el cansancio acumulado y el sol que dragaba sus fuerzas, le convencieron de servirse de una rama nudosa que hacía las veces de bastón y de consuelo en la instrumentalidad de la voluntad.
Pero, para cuando la cima estaba más cerca y a la vez más distante, penoso su andar y la piedra cada vez más vertical, el Crepúsculo lo encontró gateando, semidesnudo y cubierto de heridas. El peso de su cuerpo, la falta de aire, hizo que llegara a la cima con las últimas e incediarias luces del día.
Por suerte, ella estaba allí, viéndolo llegar. Su belleza lo encandiló como una llama de fuego bailoteante.
Entonces, jadeando, él le dijo:
"El orden de los factores no altera el producto"
Luego, el sueño lo venció por tamaño esfuerzo.
La Esfinge continuó pensativa.



[Divertimento: menos que un cuento y poco más que un simple acertijo. O como esas composiciones apresuradas y a punto de trastabillar que se cantan en alguna payada junto al fuego. Ganas ocultas de literaturizar la paradoja de Zenón, como un Carrol de segundo o tercer orden, tal vez. Sin ánimos de parecer ingenioso o ingenuo, canté prí.]