martes, agosto 16

Objetos del Tiempo Detenido

Es poco lo que se detiene en las miradas.
Acaso los frutos parecen mentir en su forma
la semilla rugosa de la muerte, culpa de invierno.
Invitados a los juegos de los pájaros,
los hombres no sienten el reloj triste encarnado en el
[costado oscuro de uno de sus días.
(A veces me duele esa costilla y corro de mi soledad
a la dulce serenidad de una cintura femenina.)
Los días cotidianos azotan las calles, las hojas
rozan los rostros, animales enrosacados en las faldas;
la piedra une la línea, la corteza el alma,
la distancia el anhelo, la oscuridad tu mirada.

Yo conozco un bar, en sus ventanas se recorta la vida
engañada en delicada escala de maravilla,
en los minutos contados de un trago nocturno.
Allí se detienen las cosas, la viña escucha su semillero
[oculto.
(Tal vez sea este el oscuro costado del mundo)

A veces temo sentir la piel ajena,
escuchar el reloj profundo,
a punto de hablar de entre el silencio:
un timbre que no recuerdo, pero sufro y anhelo,
en la indiferencia de los objetos del tiempo detenido.
Nada más la corta existencia
abrevada en una última gota de vino.

Tu voz me recuerda en su constancia
la antigua ferocidad de los ángeles.


(1994)

[Comencé a escribir poesía en mi adolescencia, y persistí de una manera sistemática a lo largo de varios años, de una manera libre e irrespetuosa. Luego sólo en forma ocacional, es decir, cuando una mujer era la destinataria, o cuando me embargaba una ansia de expresión (como naufrago a punto del ahogo), frente a cosas o sentimientos inabarcables por el lenguaje razonado. Este poema tiene su humilde y trillada historia: seleccionado y premiamencionado por Antonio Requeni y otros jueces en un concurso de poesía anual y desinteresado. A los años, me vino su simple publicación, en las manos de nuestro médico de cabecera familiar, quién al leer mi nombre me regaló su ejemplar. La lectura de un poema, me exige un estado especial de recepción: a la mínima estridencia o confusión lo alejo y lo arrincono en el olvido (lo que no significa que los míos estén excentos de tan hipersensible manera de leer, ni que mi resonancia sea la justa medida de la calidad.) Por otro lado, nunca me tomé en serio mi capacidad de poeta; pero sí, mis textos se ven influídos por esa peculiar forma de expresar lo percibido.
Arriesgo esta imágen: la Literatura es, para mí ahora, como un castillo fortificado a asediar. La poesía es el Foso: plagado de cocodrilos y estacas aceradas, puentes levadizos instantáneos y tramposos. Me encantó nadar en él, anillando la muralla. La torre es la prosa (la novela, el cuento); y todas mis estrategias tienden a tomarla, con las mismas armas que vengo afilando hace tantos años y tantas lecturas.]