lunes, junio 18

La Barbaca


Para que todo diseño pase a construirse necesita su piedra fundamental: su anclaje a la realidad. Bien sabemos que no siempre se dan las condiciones favorables para ejecutar un proyecto, siquiera para encarar el estudio de suelos. Sin embargo, La Barbaca es el único diseño que no precisa piedra fundamental, siendo instantánea como una sopa y potencial como un avión en pista. La concibió en 1969 el arquitecto argentino Pedro Scherzovic, atento a las tendencias experimentales de la época (la fragmentación, el montaje y la estereofonía), a través de la simple idea de ensamblar en una gran construcción, distintos edificios ya existentes de la ciudad, resultando un extraño castillo facetado y eterno.

Suele suceder que la propia desmesura de los proyectos más ambiciosos (tales como La Sagrada Familia de Gaudí), los llevan casi siempre a la incompletitud: en parte por los presupuestos iterativos, los adicionales inflacionarios, los conflictos internos del ruidoso gremio de la construcción, pero aún más, a causa de los tiempos de ejecución que se expanden como lombrices sobre las gráficas de Gantt, devorando la propia vida del constructor. Scherzovic temió dejar, aunque virtual, una obra inacabada para la sola admiración de los amantes de la vajilla rota y la erosión.

Por esa razón, se dedicó en una primera etapa a definir los límites precisos de La Barbaca, eligiendo el montaje de edificios que le asegurasen perennidad, ya sea por su carácter histórico como por su importancia funcional, sin eclipsar su personal visión estética que los integra como un solo edificio. La segunda etapa fue simplemente postular que la composición arquitectónica creciese desde adentro: cualquier combinación propuesta por él o por sus colaboradores, expandiría la estructura interna sin avasallar los límites prefijados. De esta manera, resolvía una construcción en continua mutabilidad, creciente como el universo en expansión. Aunque él muriese, no dejaría de estar completa.

En Zabala y Tres de Febrero, en el barrio de Belgrano, puede verse uno de los vértices de La Barbaca: “el Zigurat Norte”. Edificio originalmente construido por el Ingeniero A. de Ortúzar, configura a pesar de su austera línea geométrica, uno de los más interesantes hallazgos de Scherzovic. Si uno toma alguno de los colectivos que van a la Estación del Bajo Belgrano, yendo por la Avenida Juramento, y apoya la cabeza sobre el respaldo de su asiento, verá irrumpir como en el claro oportuno de una fronda edilicia, ese vértice casi flotante que erige una breve pirámide escalonada sobre un festón de tejas españolas.

En la nave sur de La Barbaca, uno de los inmensos ventanales da al maravilloso “Patio Morlock” (llamado así en honor a H. G. Wells, su escritor admirado): un paisaje de boscajes achaparrados entre mesadas de cemento gris que puede visitarse junto al Lago Quillén, a 46 kilómetros de Aluminé, Rio Negro.

Una solución técnica muy ingeniosa, fue el de las columnas. El equipo de ingenieros las transformó en “rótulas” cumpliendo una doble función: torres donde los planos pudiesen pivotear libremente como sobre goznes bien aceitados. Por ejemplo, la Rótula 35, ubicada en Avenida del Libertador y Callao (hoy Museo MARQ), es una de las columnas principales que sustenta la inmensa bóveda del Salón de Fiestas, y a su vez, permite el giro del ala norte hacia la nave central.

Más complejo es concebir la identidad y consistencia del proyecto, pero al ver los planos de La Barbaca que se pliegan como pantallas de un hipertexto (vegetales y copias heliográficas superpuestas e imbricándose), la continuidad y armonía de los espacios y líneas hacen un “todo” en la mente del profesional que contempla y estudia cada detalle. La complejidad va más allá del mero enlace de simetrías, puesto que allí dónde se articulan, se estudiaron las instalaciones sanitarias, la luminotecnia, el cableado eléctrico, etc., a fin de mantener la continuidad de los perfiles y pendientes, diámetros y presiones, los voltajes, la circulación del aire y los gradientes de temperatura.

Ustedes dirán que hasta aquí, es sólo el delirio de un copista medieval, de un artista del collage arquitectónico, un coleccionista de rompecabezas. ¿Dónde está la potencialidad de esta nueva forma del diseño, acaso más ingeniosa que creativa?

Pedro Scherzovic sostiene que en el Futuro anida la posibilidad de una tecnología de plegado espacial: una técnica que permita pliegues instantáneos entre los espacios. Entonces, su Barbaca será el “lugar” experimental que se preste con mayor precisión y belleza a tal manipulación fantástica. Asegura que esto es tan posible como la extinción de la especie o la conquista de Marte, tan o más posible que ver que la chorreadura involuntaria de un tintero Pelikán escribe nuestro nombre: siempre estará dentro de la cola extrema de una campana de Gauss.

Por ahora sólo es un sueño, una arquitectura potencial. El día que exista esa tecnología hoy inconcebible, La Barbaca se armará instantáneamente con la solidez de un gliptodonte, y muchos nos veremos adentrados en ella, habitándola como fantasmas convocados.

jueves, junio 7

Uno


Dios, jamás entendí esa necesidad por escuchar desde el principio cualquier historia que nos quisiesen contar, como si la única forma de que una flecha llegue a destino sea la de sostenerse punto a punto sobre una trayectoria que nadie puede ver. Como lo mío es el dibujo y las artes visuales, me recuerda la forma en que el público recorre una galería de arte. Si prestan atención en ello, verán como la gente se traslada cuadro a cuadro, tratando de componer un film imaginario que les pueda indicar el sentido de la serie. Por eso traté siempre de ir sólo a una exposición que fuera de mi interés; porque de las veces que recuerdo haber ido acompañado, me sentí tirantado por esa órbita preestablecida en la continuidad de las paredes y la uniformidad de los espacios. Yo creo que uno tiene que entrar un poco ciego, y dejarse asaltar por la súbita visión de una pintura; algo así, como jugar a la gallinita ciega: plantarse en el centro del salón, girar una cantidad de veces, y lanzarse al tanteo de una forma fugaz pero apremiante, como hacia una mujer que guía con su aliento, cada vez más jadeo, cada vez más ardor.
Nunca la memoria ha ordenado con eficacia la concatenación de hechos que forman nuestra vida. Solemos pensar que ajustada la relación de causas y efectos, el sentido surgirá como un fantasma convocado. No es así. Y se los puedo decir, porque muchas noches me he puesto a barajar esas fotos que conservó en mi mente, y llego a un punto en que no sé a qué juego estoy jugando; pero creo que lo más terrible, es tener la sospecha de que no es a un solitario. Hay visiones hermosas, hay visiones espantosas de mi viaje a Venecia; algunas las he bocetado en la medida que se sostuvieron en el tiempo para ser apresadas, algunas se han vuelto tan agresivas y fugaces como latigazos. Pero hay una, injertada en el punto más agudo de mi nuca, a la que temo mirar más que a ninguna, pero cuya atracción es tan grande que draga mis fuerzas. Es como un agujero negro, una perforación en la línea de mi vida que lo succiona todo: mi pasado, mi futuro y mi presente.

martes, junio 5

Brevario de amotinados 13

Mi bisabuela se llamaba Renata, igual que yo. Mi bisabuelo viajaba y la dejaba mucho tiempo sola. Era una mujer bellísima. Se enamoró de un sobrino, quince años menor que ella. Pero él la rechazó. Entonces lo mató y lo enterró acá, junto al muro. A la semana, notó que, en este lugar, había nacido un rosal. Tomó una tijera y lo cortó. El rosal volvío a crecer. Lo cortó. Y así muchas veces. Hasta que un día, mientras trataba de arrancarlo, se pinchó un dedo con una espina y quedó embarazada. Cuando dio a luz, vio que el chico era el sobrino al que había asesinado. Pensó matarlo otra vez, pero finalmente decidió criarlo. El chico no paraba nunca de mamar, jamás estaba satisfecho. Acabó con su leche y comenzó a chuparle la sangre. Mi abuela se fue debilitando y, al tiempo, murió.

Antonio Dal Masetto, Primer Amor

Un hallazgo de V.

sábado, mayo 19

Nabokov & antiNabokov

Nabokov es, en mi opinión, un excelente escritor, y un lector por lo menos particular. Usaba la “crítica” (que no se acerca siquiera a la académica) como arma de diferenciación contra aquello que se le asemejaba. Como un entenado malquerido que odia a su padre. Sus lecciones de literatura rusa o sus irritantes opiniones contundentes especialmente dirigidas a ciertos escritores, suelen sorprendernos por lo arbitrarias, por su carencia de juicio analítico, por su antipática adjetivación. A Henry James lo llamaba esa “lenta tortuga”, se jactaba de haberse adelantado a Kafka con su “Invitación a una decapitación”, dio todo un curso sobre el Quijote ridiculizándolo, manifiesto una y otra vez su desprecio por la inverosímil cháchara de malas conciencias de Dostoievsky, sorprendiéndose de su popularidad fuera de Rusia. Sin embargo, basta leer toda su magnífica obra para notar cuánto se acercaba a Dostoievsky (Lolita es la ampliación de un argumento germinal anidando en “Crimen y Castigo”. “El Doble” y todos sus criminales cuyas voces dominan como marañas de serpientes lo narrado, recuerdan las novelas rusas de Nabokov), a Henry James (con todo su repertorio de puntos de vista engañosos, sus artistas y escritores, sus argumentos más sutiles) y con Cervantes (con sus locos y obsesos por la lectura, sus historias “como muñecas rusas”, sus escenas entre la crueldad y la belleza.) A los tres los negó y vituperó. Todo asesino debe ocultar sus huellas. Después de todo, Borges lo hizo con Lugones. Lean “Las fuerzas extrañas” y verán el precursor tan temido. Por lo menos, Borges pudo arrepentirse públicamente. Odiamos a lo que nos parecemos, más aún en la competencia. Nabokov no es la excepción.

Harold Bloom habla de missreading, que traducimos “mala lectura”, una especie de operación que el escritor hace de sus lecturas para elaborar su estilo y su mundo imaginativo. Pero, para intuir una operación más simple y cercana, yo diría que es una corrección lo que opera en el escritor, una corrección de sus propios “clásicos” (es decir, sus lecturas rectoras, más admiradas). ¿Cuántas veces hemos leído aquel libro de nuestro autor predilecto, para descubrir una fisura en su pared vidriada, una amorfidad en su espejo que con una mano, si fuese agua, si fuese posible, podríamos remediar tan fácilmente? Entonces, algunos de esos lectores correctores, emprendemos esa nueva conformación lunar. Y creyendo haber sorteado los peligros en una acabada línea argumentativa o estilística, creamos nuestros propios errores, nuestras interferencias inadvertidas, nuestra bella arruga ontológica que otro perseguidor se verá tentado de corregir. Como en el principio de incertidumbre, tan famoso a los espectadores de Copenhague, toda línea argumental se verá desviada por nuestra mejor observación sigilosa.

Hace poco, releí “La dádiva”, última novela rusa que Nabokov llegó a completar antes de emigrar a Estados Unidos. Volumétrica, expansiva, múltiple, recorrida por un arco voltaico que va de Pushkin a Gogol, narra las impresiones de un joven literato emigree ruso en la Berlín de los años veinte, que prepara sus primeras armas en la escritura y en el amor conyugal. La conseguí en el Gandi más grande del D.F. en mi viaje a México en el imposible año 2000, y mantuve con maravillada alegría sus tapas amarillas como probablemente Nabokov lo hubiera hecho con una mariposa nocturna, pulviscular y monstruosamente blanquecina de pelos, capturada en un extremo del mundo y de la noche. Un ansiado único ejemplar en extinción. No fue para mí su mejor novela; aletea aparatosamente en su exceso metafórico, en su juvenil egocentrismo de novela de aprendizaje, en su streamconciousness aletargado y tortugón. Da ganas de “corregirla”, de desenredar sus bucles ostentosos. Pero sigue siendo admirable en su imperfección. Y en ella leo un pasaje inquietante: en un claro del bosque alemán, se encuentran dos personajes que hasta hacía poco se evitaban extrañamente, pero se admiraban con actitud refleja.

Dice el poeta Koncheyev a Fiodor, el jóven protagonista, en el último capítulo de La Dádiva: “Yo tengo costumbres diferentes, gustos distintos; por ejemplo, no puedo soportar a su Fet, y en cambio soy un ardiente admirador del autor de “El doble” y Los demonios, a quien usted está dispuesto a menospreciar. . . Hay muchas cosas de usted que no me gustan -su estilo de San Petersburgo, su tinte gálico, su neovolterianismo y su debilidad por Flaubert (…)”

Por otro lado, en el prólogo a la edición inglesa de esta última novela rusa, Nabokov aclara al lector “Desde 1922 yo vivía en Berlín, simultáneamente, pues, con el joven del libro; pero ni esta coincidencia, ni el que yo comparta alguna de sus aficiones, como la literatura y la lepidópteros, debe hacer exclamar “aja” e identificar al dibujante con el dibujo. No soy, ni he sido nunca, Fiodor Gudonov-Cherdyntsev; mi padre no es el explorador del Asia central en quien puedo convertirme algún día; nunca he cortejado a Zina Mertz, y nunca me he preocupado por el poeta Koncheyev o cualquier otro escritor. De hecho, es más bien en Koncheyev, y en otro personaje secundario, el novelista Vladimirov, donde advierto trazos sueltos de mí mismo tal como era alrededor de 1925.”

Esta cita me permite hacer una relectura del párrafo anterior. Es en Koncheyev y no en Fiodor que Nabokov se ve representado. ¿Nabokov admirando a Dostoievsky? Si bien, esta conversación entre Koncheyev y Fiodor es imaginaria, es decir, ensamblada con relamido gusto en la mente del protagonista (potenciando la ficción elevada a la ficción), no deja de ser una notable puesta en escena de lecturas críticas reflejas: Nabokov leyendo a Dostoievsky, Nabokov leyéndose a sí mismo. Los espejos, los engaños ópticos que tradujo a líneas textuales, eran los juguetes preferidos de Nabokov. Los usaba como puntos de vista narrativos (James), los usaba como vehículo formal, los usaba como dispositivos y trampas argumentales (“El Ojo”, por ejemplo.) Bello espejo es este párrafo que les acerco, donde vibra un Nabokov y un antiNabokov (y aquí reverbera el antiTierra de “Ada o el ardor”), con Dostoievsky en el medio (así como nosotros estamos entre el fondo y el delante de “Las meninas” leída por Foucault. Invisibilizados aunque necesariamente presentes).

Como si al emigrar, al pasar del ruso al inglés, de las letras cirílicas a las occidentales, por las mismas propiedades especulares de su notación, transformaran las lecturas, los precursores de Nabokov. Como atravesar el espejo, y lo que antes era diurno ahora es nocturno, y lo que me alimentaba hoy me da hambre. Ecosistemas antagónicos, engañosos sistemas de fuga, opiniones poco contundentes que nos enseñan a desconfiar. ¿Nabokov o antinabokov? ¿Qué doble es la réplica, cuál el original?

martes, mayo 8

Un microscopio sobre el Ulises de Joyce

¿Qué es la literatura realista?

¿Qué es el realismo?, ¿qué es la realidad? (me pregunto con Virginia Woolf desde “Un Cuarto Propio”)

Por ejemplo, en el Ulises de Joyce. Más de un crítico se vería en una situación difícil teniendo que afirmar que no es un texto “realista.” Pero si pensamos que la realidad está conformada tanto por el macrocosmos como por el microcosmos, es decir: la deriva de los planetas, las paradojas que enlazan agujeros negros y pulsares, la materia oscura como posibilidad, o bien: la multitud de las bacterias que se aprietan en una papila gustativa, los osos de agua durmiendo panchamente a través de los siglos en cuartos propios de milimétrica precisión, todo eso que nos es inabarcable, lo que se fuga hacia la centésima o hacia los pársec: ¿son éstas también entidades que representan la realidad? ¿No intuimos una dimensión “fantástica” en esta invisibilidad, sólo traída hasta nuestra visión incrédula a través de vidrios pulidos con perfecta curvilinialidad óptica? ¿Lo que se ve, es en lo que creemos “realmente”? James Joyce resuelve a partir de la forma del Ulises esa fuga, apretando entre los intersticios de un día común en la vida de Leopold Bloom, toda esa dimensión infinitesimal que comunica al microcosmos, al tiempo de Zenón. Es la cuña de lo “fantástico” la que, pródiga en intertextualidades, juegos de palabras y de estilos parodiados, abre la novela como una termita múltiple, dando porosidad a una trama cotidiana, y por ende, trivial. Ocurre una destrivialización a partir de una bacterización. La novela se va libando desde una óptica microscópica (como lo era la letra manuscrita de Joyce: mínima, es decir, la típica filigrana de un miope que acerca la vista al papel), mostrando las bacterias que, ese personal fluir de la conciencia, les permite medrar en los segundos del devenir, en la medianía de lo cotidiano.

La novela se vuelve tan porosa, tan habitada de un microcosmos bacteriano, que se torna sustentable como una balsa, pero a punto de ser carcomida por el tiempo, por el uso surffer del lector. Se sostiene únicamente por ser caja de pandora, por favorecer un microclima de personajes fantásticos en sus intersticios. Lo fantástico, esa cualidad dimensional de la realidad, es lo que la sostiene a medida que amenaza su supervivencia (se sustenta más una madera porosa que una maciza.) Mientras se la piense dentro de los límites de la realidad, no será agujereada de dolencias que la sumerjan transfigurada en pura sustancia fantástica.

Hábil artilugio o coartada de los realistas: algo que se sostiene en el medio tan sólo por su autoafirmación como “real”.

[Ejercicio de lector. Si el Ulises es una novela que se construye desde una microdimensión, ¿cual será esa novela que lo haga desde una macrodimensión? ¿La novela de un hombre cuyo transcurrir en la trama se vea abierta a una tiempo eónico, a un espacio en años luz? ¿Y que además se “quiera” realista?

A mi mente acude en esta hora gesellina, apretado de calor a medida que escribo este post en un cyber, una novela de Vladimir Nabokov: “Cosas Transparentes” (Transparent Things)]

Febrero del 2007. Villa Gesell, Costa Atlántica.

martes, mayo 1

Brevario de amotinados 12

Esa vez que la serpiente me mordió, viví una semana en un lugar terrible donde todo reptaba, las paredes y los pisos, todo. Pero eso no era más que una estupidez lisa y llana. Y, sin embargo, era una cosa peculiar, porque el verano anterior fui con tío August (él les tiene tanto miedo a las muchachas que no las mira; dice que yo no soy una muchacha. Adoro a mi tío August; somos como hermanos). . . fuimos al río Perla. . . y un día estabamos remando en ese lugar oscuro y llegamos a una isla de serpientes. Era verdaderamente pequeña: apenas un árbol, pero estaba repleta de culebras venenosas. Hasta colgaban de las ramas del árbol. Te digo que era escalofriante. Y cuando la gente habla de sueños convertidos en realidad, sé a qué se refieren.
Truman Capote, Otras voces, otros ámbitos

sábado, abril 28

El Wokie o la evolución instantánea


El avance tecnológico es tan avasallador que no nos da tiempo a la sorpresa. Recuerdo con precisión, en mi adolescencia, el estar fascinado con una ZX81 recientemente traída de EEUU como material superado. Tenía tan sólo 81 kb de memoria RAM, y había que apretar con sumo cuidado su teclado de cartón, puesto que enseguida se colgaba y perdía todo ese laberinto cuadriculado que veíamos mi primo y yo en el televisor blanco y negro. Ahora, uno sube a un colectivo bamboleante y viaja atravesado de ondas vibrátiles: celulares con computadoras y filmadoras incorporadas, “walkman”-mp3 que albergan miles de temas sin tener que bobinarlos con una birome. Pero en nuestro sonambulismo tecnológico adquirimos todo esto como en un sueño, poniéndonos de cabeza con la naturalidad de lo cotidiano.

Sin embargo, hay objetos milenarios que vienen del fondo de los tiempos para sorprender nuestro pensamiento como criaturas recién engendradas.

Mi hermana la menor fue quien me regaló una de ellas la navidad del 2005. ¿Quién lee los prospectos e indicaciones para armar, los manuales del usuario, cuando le regalan tecnología? Generalmente, al igual que los chicos, empezamos a tocar botones, a probar combinaciones, abrir y cerrar tapas, y terminamos por dominar con cierta solvencia el artilugio. Uno va a los manuales cuando tiene algún problema de funcionamiento, sino se va directo a un 0800 o a un amigo que sepa del tema. El conocimiento digital que van adquiriendo las siguientes generaciones, ayuda a desestimar los manuales y las instrucciones detalladas. Lo íconos nos guían como radio faros de una pista de aterrizaje. El regalo de mi hermana también venía con su ajustado manual, su listado de instrucciones, pero por sus características “evolutivas”, éstas eran insoslayables. No era un aparato tecnológico, sino una criatura dormida.

Queriendo estimular mi insipiente gusto por las artes culinarias, mi hermana me había regalado un Wok, y con la minuciosidad detallista que la caracteriza, lo acompañó de un librito sencillo, breve y fascinante que se llama “Cocine con wok. Recetas de Oriente y Occidente” de Lee T. Furikake. Imagínense, tenía en una mano ese hondo cuenco de hierro gris que pesa lo que un hacha, y en la otra, todo el Oriente y el Occidente. Los recetarios siempre son libros del exceso, aunque contenidos y potenciales en fórmulas mínimas. “Leé atentamente las instrucciones del libro”, me advirtió mi hermana la menor, “sino no vas a poder cocinar. Hay que curarlo bien.” “¿Cómo?”, exclamé divertido, “¿me lo regalás enfermo?”

Parece un chiste, pero bien pensado, no lo es. Sino lean con el detenimiento que puedan, las siguientes instrucciones para curar el wok según mi amigo Lee:

· Poner el wok a fuego fuerte y calentarlo hasta que cambie de color (de gris oscuro a gris claro o azulado).
· Lavarlo con agua fría y un poco de detergente, utilizando un cepillo de bambú o cerdas suaves para remover los posibles químicos quemados.
· Llenar el wok con agua, ponerlo a fuego fuerte y dejar que hierva por unos minutos. Luego, desechar el agua, y secar el wok con un papel absorbente.
· Verter media taza de aceite vegetal y poner el wok a calentar, a fuego fuerte, hasta que empiece a humear. Bajar el fuego y extender el aceite por las paredes del wok. Mantener el wok sobre el fuego durante media hora, aproximadamente, y luego descartar el aceite.
· Llenar de nuevo el wok con agua, dejar que hierva, desecharla y repetir la misma operación, dos o tres veces. Luego, secarlo.
· Extender un poco de aceite por toda la superficie del wok, y ya estará listo para utilizarlo

Intimidante, ¿no? El wok fue a parar a lo alto de la alacena y desde allí me miraba suspirando como un Gizmo. Después de todo, me sentía como aquel personaje de “Gremlins” que recibe al tierno y aburrido Gizmo con esas prohibiciones impostergables. También un chino, el Oriente, estaba detrás de ese quilombo a punto de estallar. Estuvo meses allí esperando, y cada vez que hojeaba el recetario me veía tentado a probar sus capacidades. Capacidades que estaban dormidas y que mi pereza por cumplir instrucciones tan rígidas, le impedían desarrollar. Finalmente hace unos pocos meses, y con la ayuda de mi hermana, cumplimos su destino. Lo que me atemorizaba era esa cíclica noria del fuego más fuerte, el agua y el aceite hirviendo. Quien haya estado trabajando en una fragua, sabe que la manipulación de metales al rojo vivo, puede traer aparejada llagas y otras incomodidades. Así que, a prudente distancia, vimos la vulcánica transformación del wok. Primero fue el lento cambio de su color a un azul eléctrico de peligrosa belleza. Luego el agua hirviendo burbujeando de rabia. Lo peor fue el aceite. Entre los estallidos y el humo negro que sumió la cocina en un olor fuerte y dulce como una sopa inglesa, nos vimos echados a ambientes más respirables. Al final, ahí estaba: el wok curado. Lo llamaremos Wokie. ¿Wokie Wuan Quenobi?

Al igual que un pókemon, irradiando rayos y centellas de color fulminante, había evolucionado. Y eso era lo raro: la necesidad de su evolución. Es extraño cómo esta idea de la descarga evolutiva, recorre permanentemente el imaginario oriental. Los pókemons, por ejemplo. ¿Qué diferencia hay entre éstos y la riña de gallos o la pelea de perros? ¿No están también ahí los entrenadores azuzando sus criaturas a un combate de rabia y dolor? Pero no. Momento. La diferencia está en que, en estos dibujos japoneses, sus criaturas evolucionan, se despliegan. Una bella idea que trasciende las figuras arcaicas de la riña y la apuesta bárbara e ilegal. Pienso en los origamis: esos dobleces intrincados que siglos de prueba y error han transformado en figuras maravillosas. Dicen que hay un origami como un bollito de papel que al arrojarlo al agua se despliega formando una flor, un nenúfar crepitante y súbito.

El tema del bollo y el despliegue es similar a un salto evolutivo (salto que, por otro lado, el profesor Jay Gould postula para un nuevo darwinismo.) Pienso, por ejemplo, en una serie de televisión que veía de chico: las aventuras de un héroe llamado Ultra 7 (precursor de alguna forma de los power ranger). Lanzaba pastillas que germinaban instantáneamente en criaturas rascaciélicas, trenzándose en una lucha pesada y ebria con un godzilla de ojos de papel y amenazando destruir Tokio (pesadilla recurrente pero poco destructiva como lo podría ser un tsunami.)

Más allá de la miniaturización incesante que la tecnología articula, de este afán de poner en un canal cinco canales, de apelotonar en un mismo botón los mass media, de escribir con células o de clonar bytes por millares en un centímetro cuadrado, en definitiva, de apretar todas las huestes angélicas del cielo en una punta de alfiler, están estos otros objetos arcaicos que nos rodean sin nosotros advertirlos.

Dormidos, delicados en su torpeza, patitos feos del intelecto y la funcionalidad. Olvidados entre la maleza como juguetes en casas de verano. Torpes y “enfermos”. A punto de evolucionar en medio de fantásticos efectos una vez que decidamos seguir la instrucciones. Y eso cuando las encontramos. . . Porque, después de todo, es posible que haya algunos que no traen instrucciones, esperando que demos con ellas.

Decime, mirá en derredor. Fijate bien y decime. ¿Cuántos wokies tenés vos?

sábado, abril 21

Una piscina plagada de pulpos

Hurgando entre mis papeles en busca de algún disparador, con la esperanza de postear algo que pueda ser interesante, mis mudos y mudables lectores, encontré un recorte del diario La Nación (redactado por Cecilia García Huidobro en el 2000), que en su momento me pareció sugestivo a la vez que anecdótico. Y dice así:

Francisco Umbral confiesa que muchos de los libros que llegan a sus manos terminan en la piscina de su casa. “Van directamente a ella en cuanto los hojeo. En verano, cuando llega el piscinero dice:´Oiga, señor Umbral, que aquí debe haberse ahogado un pulpo´, y me enseña una masa blanda. Es todo el papel que he tirado. En una página veo muy claro quién es escritor y quién está en el grado cero, quién redacta y quién escribe. Hoy todos redactan.”

No he leído nada de este escritor madrileño, sin embargo esta especie de tribunalicia instancia de lectura que acaso condene a un infierno líquido a la mayoría de las novelas actuales, me parece fascinante. Pienso que si bien una aplicación “farenheit 451″ es eficaz y terrorífica, “la muerte por agua” de un libro es más desoladora. Ahí tenemos un cadáver, lejos de la exquisitez, cerca de la ilegibilidad: las letras se borronean como el rimel de una muchacha que ya no nos ama. Y a pesar de que lo pongamos al sol, imbriquemos papel secante, lo apretemos una vez seco y desfigurado como un acordeón entre maderas prensadas, jamás será el mismo.

Pero también me impresiona, en este proceso de selección y condena, su severo juez a quién no he leído pero visualizo saliendo en piyama por la noche hasta el borde de su piscina de ondulados movimientos imperceptibles, para con un bufido, arrojar a la acción disolvente del agua el libro que hasta hace poco descansaba sobre su mesita de luz.

Por otro lado, suele sucederme, especialmente con novelas premiadas con jugosos billetes, el encontrarme percibiendo esta sutil categorización: “novela redacción”, “novela bien redactada”. Como esas redacciones que escribíamos en el colegio primario, donde cupieran todas las oraciones con sus conceptos gramaticales recién aprendidos y que veníamos practicando entre bostezo y tizaso. Sí, están bien escritas pero no han movido la basta oceanidad de la literatura hacia ningún lado. Como se dice popularmente. “no me movió ni un pelo”. Pero también, no ha intentado ir más allá de sí misma. Tal vez porque siendo buenos ejercicios de redacción, resulten las que terminan cargando con la bandera o con la faja de premiación. “Muy bien 10″, dice el jurado para alegría de editores, accionistas e instituciones bien pensantes. Imagino que nadie podría hoy seleccionar una novela como El juguete rabioso luego de acusar su mala redacción, aunque para el lector sensible resulte un excelente escrito, un mecanismo argumental y léxico, precisamente, “rabioso” e “inédito”. Podría dar ejemplos de lo que intuyo sean novelas-redacción, pero preferiría que afilen sus sentidos para que las detecten ustedes mismos.

Para dar un contraejemplo, recuerdo cuando leí por primera vez “Lolita”. Debo aclarar que no resultó ser, luego de años de leer de cabo a rabo a Nabokov, la novela que prefiero. Y su título, ahora indeleble, no me atraía cuando llegué a ella. Sin embargo, bastó que leyera el primer párrafo para sentir un escalofrío en el espinazo. Algo semejante, y sólo aproximado, a sonrojarse de deseo y de bronca. A veces, y para contradecir ese lugar común del selector que dice que “todo comienzo debe ser un anzuelo perfecto para que valga la pena seguir leyendo”, un comienzo puede producir una desorientación total de lector para terminar aupándolo al centro de su belleza estructural. Y pienso en Los cantos de Maldoror o en El Mundo Alucinante de Reinaldo Arenas.

Con cansancio jamás se puede abordar una novela de estas características. Asimismo, hay un mecanismo en la selección, que indefectiblemente lleva a la medianía. Si cada preselector, de alguna manera piensa en qué le gustaría leer al siguiente selector o al jurado final (que se conoce desde las mismas bases del concurso), o bien piensa cuánto cuadra en la línea editorial o en el historial de la editorial, terminan por optar por novelas bien redactadas (no digo gramaticalmente bien redactadas, sino temática y estilísticamente bien redactadas, es decir, sin “estilo”.) Generalmente “realistas” (si esta categoría escritural existe), reflejos de una experiencia sentida por todos, o bien por una minoría para acercarla, en definitiva, a todos. Ningún extremo. Ni que sea romántica, ni que sea sólo de acción, que no carezca de sexo y tampoco de reflexión. Es decir, cuántas más personas estén en el proceso de selección, el producto final será un promedio cada vez más chato. Las novelas premiadas irán pareciéndose más entre sí, y más aún a lo que cuentan los diarios o los medios masivos. La realidad mediática, que es nuestro punto común de encuentro, nuestro no lugar, intersección entre lo real y la ficción, paradigma de lo democrático, también lo es de la medianía. Y agravamos sus efectos promocionando los concursos literarios con cuantiosas sumas de dinero para contento de escribas, periodistas copipasteros que viven del tráfico de texto en bloque, estudiantes desesperados, analistas de marketing que creen poder reproducir productos como Harry Potter o aforismos existenciales a lo Paulo Coehlo, buscafortunas. Para muchos crédulos (yo entre ellos; caigo permanentemente en su guiño de pandora), los concursos se ven como puertas de acceso a la publicación. También, en su momento, me puse a analizar los ingredientes de las novelas premiadas y obtuve un decálogo para componerlas. Pero tranzar, producir esa medianía de fuerza, es alejarse de lo que uno realmente quiere escribir. Para quién no tenga esa facilidad “natural” del best seller, aún cumpliendo el decálogo, hará otro producto original, será otro perdedor. Y para mayor precisiones al respecto, le sugiero que lean un cuento magnífico de Henry James: La próxima vez.

En definitiva, para que algo cambie, debería pedirse en principio dos cosas a un concurso que realmente quiera encontrar un texto bien escrito, y no tope permanentemente con uno tan sólo bien redactado:

1) No ofrecer premios cuantiosos, sólo la publicación con sus derechos de autor correspondientes.

2) Los mínimos lectores de selección. Lo ideal sería uno sólo. Un lector personal, fuerte, exhaustivo, con quién medirse. Pienso en Juan José Saer, por ejemplo. Tal vez, el señor Umbral de mi recorte, aunque desconozco su imaginario estilístico.

Que un premio sea como anotarse a una cátedra. Uno elige por afinidad electiva y porque realmente le interesa la literatura y no especula con el premio final. La masa de volúmenes entregados, como bancos de cardúmenes orientados, irían proporcionalmente a cada autor afín. Unos cuantos irían a Sergio Pitol o a Saramago, miles a Paulo Coehlo o Rosa Montero.

Hay un argumento, una falacia que me hace gracia, y que la vengo leyendo por ahí: “si se compran por miles o millones una obra premiada, eso hace a su excelencia a pesar de la academia” (ésta última, cada vez más populista y mediáticamente oportunista.) Sin embargo, uno se olvida que la lectura es un efecto a posteriori a la compra. Una obviedad, ¿no? Existe un efecto domino, que nada tiene que ver con la lectura apreciativa del lector. Por ejemplo el de Harry Potter: si mi compañerito lo leyó, yo lo quiero leer para no quedar fuera del grupo, de los comentarios y juegos que se desprenden del libro. Como “El Gran Hermano”. ¿Quién puede decir que no lo vichó al menos una vez? Recuerdo que un amigo poco lector, tenía que comprar un regalo para otra amiga (encima ella cursaba Letras.) Fue a la librería, y sabiendo que la novela de Dan Brown se vendía como pan caliente, le compró otra del mismo autor, por si ya tenía El código Da Vinci. Me preguntó si era buena y a su amiga le iba a gustar. Le pregunté a mi vez, con simpatía: ¿si tenés un problema eléctrico no consultas con algún técnico? Sí, me contestó azorado. ¿Si tenés que regalar un buen vino no hablas con Jorgito que hizo un curso de catador? Sí. ¿Por qué no consultaste con un buen lector antes de comprarla?

Si cada vez que alguien tiene que regalar un libro consultara a un catador de libros, un especialista, un apasionado que lo lee todo (sí, también a Coehlo), el mundo del best seller de las novelas premiadas tambalearía. Pero no. Compramos el pan que todos compran, compramos lo más vendido: uroboros maléfico del consumismo.

Será porque es difícil dar con un buen lector en una librería, me supongo. Es difícil dar con un buen lector en un concurso, con su tiempo, su calma, su amplitud de visión. Hay pocos lectores que estén en puestos claves (en instituciones, en universidades, en editoriales) y que puedan sonrojarse, arriesgarse a promocionar un autor que los hizo estremecer. Tal vez sea cierto lo que dice Francisco Umbral, que no hay libros que sonrojen o den escalofríos en el espinazo; que después de todo, sólo queden novelas bien redactadas.

¿Seguiremos nadando en esta piscina plagada de pulpos o nos cansaremos de leer cada día un poco más?

viernes, febrero 23

Brevario de amotinados 11

Demasiado conocido es el caso de aquel pobre alemán enamorado del número tres, quién reducía todos los aspectos de su vida a una cuestión de tríadas. Una noche volvió a su casa, se sirvió tres tazas de café, puso tres cucharadas de azúcar en cada una de ellas, se cortó tres veces la yugular con una navaja de afeitar y con mano agonizante garabateó en la fotografía de su mujer: "¡Adiós, adiós, adiós!".

Flann O´Brien, Nadar a dos pájaros

Un hallazgo de Sergio Pitol


[Info sobre brevario de amotinados]

lunes, septiembre 25

La lección de Warhol

Trato de dejarme llevar, sentir el impulso de la escritura a medio paso del automatismo, como si escribiese a vuela pluma. Es el rencor de mi doppelblögger lo que me atenaza por la nuca, y me aprieta con dos dedos imposibles mis lóbulos frontales insistiendo "escribe bite a bite, escribe"

¿No es como una tiranía autoimpuesta esta necesidad de habitar la velocidad? ¿Esta sujeción del día a día, comment a comment, poste a poste como un arquero enloquecido de agujeros que se abren en el minuto 92? La red sigue creciendo por detrás nuestro, y no nos alcanza la vista ni los dedos para mantener unido nuestro equipo, y la barrera que oscila embriagada de torpezas. Y uno entra, luego de siglos de ausencia, en las containers de los comments de blogs ajenos, y los ve apelotonados contra el fondo, pateando lejos de sí spampockemon y anonimusuarios, en procura de calor humano. Y construcciones de pensamientos eslabonados se enhebran como puentes de fósforo que la temporalidad incesante de la red incendía cada dos meses.
¿No se siente un rumor creciente cada vez que nos conectamos? ¿no es como una catarata en la oscuridad a punto de tragarnos en su vorágine porque nuestro tiempo humano apenas puede darle coto? ¿No hay cierto pánico cuando ventanas se abren tras ventanas, y apenas podemos leer una línea que se atomiza en letras, se dispersa en la mente, ya la actualidad la orada? No hay tranquilidad en la red, no hay sociego.

"Puedo escribir los post más tristes esta noche"

No, no es tristeza. Sólo quise hacerme el intertextualista de cotillón. Es cierta desazón, cierta agitación de no poder correr en pos de ustedes, sentir cierta sensación de pérdida. Me lo pierdo todo, porque no puedo leerlos y porque no puedo escribirlo todo. Un post: y ya veo como se hunde en la sombra. Hemos aprendido la lección de Warhol: ser estrellitas de 15 segundos. Lo que demore su atención volátil, y saber, ustedes y yo, que esto no es literatura. Que no puede serlo, como una novela de Balzac no puede ser un reality show. Porque la realidad se angosta como un corredor ajustado a 19 pulgadas de brillo radiante. Y nos recetan lentes antireflex, y nos anteponen cubrepantallas, y nos ponemos nuestros anteojos rayband y salimos a pasear por estas marquesinas, adoptando las mil posturas de un Kamasutra del "pay atention!" ¿Y que hay de nuestras novelitas encerradas entre las tapas duras del cuaderno Rivadavia, entre manchones de tinta parker (a Fresán le dejamos la 303 para que se le rompa la punta contra el piso de madera)?

Ni siquiera tenemos oportunidad de descoser la hojas, reescribirlas, pulirlas como piedras. Como en esos dibujitos donde el puente colgante se cae detrás de la carrera de un personaje con la lengua afuera, que no le dan las patas para llegar al otro borde.

Ya pasaron mis 15 segundos.

Hace rato. . .

viernes, septiembre 8

El oso de agua



Este es un oso de agua, criatura microbiológica por demás extraña, transparente y pródiga en garras cuyo principal atrevimiento es persistir bajo las condiciones más extremas de la vida, aunque sea en estado latente. Como podrán apreciar, en parecido estado persiste "Dural", con algún que otro post, ralentizado en la vena veloz de la red. Y como uno se siente responsable de esa falta, de ese latido avaro, se ve urgido de dar explicaciones que en verdad nadie solicita. Digamos que hay muchas cosas no virtuales que me alejan de la blogosfera hoy, y que me sorprende, para mi agrado, que aún visiten este espacio con cierta sostenida intermitencia. Por lo pronto, sigo con regularidad en Kaputt, un poco más vivo que un oso de agua, un poco más muerto que un cachorro nonato de escritor.

A propósito de el oso de agua, el viernes pasado escribí un texto carroldiano en Kaputt, un divertimento a vuela pluma que podrán leer haciendo un simple click en: ¡Cuidado con los spam y con los osos de agua!
El que le sigue, publicado este mismo viernes primaveral, es un texto ficcional un tanto desgarbado, caradura y alegre.

Buen fin de semana. Especialmente a todos los que persisten.

sábado, agosto 5

Nocturno

Hay textos que no sugiero leer de noche: los cuentos de Edgar Allan Poe, tal vez “El Horla” de Mauppasant. Y otros que sugiero leer al oscurecer, como “El hombre que fue Jueves” de Chesterton o “Suave es la noche” de Fitzgerald. Una buena pregunta sería: si hay textos para leer de noche y otros para leer de día, como si se pudiese establecer bandas horarias de protección al lector. Se los dejo como ejercicio mental para cuando apaguen la luz de sus veladores, y todo ese incendio que gravita en el cielo pugne por ser escuchado, y la luz atraviese en líneas acebradas las persianas, y quieras conciliar el sueño de la manera leve y serena de la inmersión inconciente. Dulces sueños.

Aquí está mi texto para evitar la noche: Un vuelco nocturno

miércoles, julio 19

Oink



Salió a las calles cibernéticas, el Número 5 de la revista "Hermano Cerdo", y esta vez, con una estilización en el diseño gráfico (brillante tapa emparaguada) y una yapa: "Las técnicas de Defensa Personal de Bruce Lee" que podrán bajarse en formato pdf (por si hay algún big brother que los esté bravuconeando.)
Este número, trae la traducción de un cuento de Jumpa Lahiri, editado en su oportunidad en el NYer, donde una pareja naufraga entre el abigarrado mundo gastronómico simbólico de unos indianyorkers y la pobreza afectiva de ser nopadres, en noches de cortes de luz programados. Otros dos cuentos sorprendentes le acompañan: "Colchón de Agua" del detallista y escatólogo Cozzolino, y el sugerente "Demonios" de Espartaco Sanchez.
Por el lado de las Crónicas: un "Fragmento de un diario en París" del DJ de los textos imbricados que es Juan Terranova, con la continuación de un proyecto disperso en la red y en su memoria, y cuya génesis se puede rastrear haciendo un click aquí. Le siguen "El norte como fantasma" de Herbert y "Un asterisco peligroso" de Téllez-Pons.
De alguna manera, para conmemorar el 20avo. aniversario de la muerte por ginebra de Borges, se publica un ensayo minuscioso de Pablo Ruiz, que se desarrolla a partir del poco leído cuento "Abenjakan,(...)"

Como siempre, les digo que se pueden suscribir a través de un mail dirigido a mauriciosalvador@gmail.com, o bien, entrando en el blog personalizado de la revista: Hermano Cerdo y bajarse los números que quieran.

Demos gracias al Lobo.

¡Oink, oink!

viernes, julio 14

Silvina Ocampo a través de un cielo de claraboya

Cuando uno lee los cuentos de Silvina Ocampo (principalmente los primeros), en ellos nos inquieta y/o exaspera la acumulación de detalles insignificantes como si fuesen signos oscuros, exaspera la crueldad que anuncia otra crueldad, el cambio brusco en el flujo narrativo. Pero esa suma de efectos, que nos devuelve a un mundo de lógica desaprehendida, es sólo posible a partir de la conformación de un lenguaje hilado con los objetos que pertenecen ese mundo.

El resto de este artículo presuroso sigue, haciendo un simple click, en: Kaputt

martes, julio 11

Brevario de amotinados 10

La conversación se estaba volviendo espesa. Liberados de la pesantez, los jinetes deben ser parcos. Las sillas de montar no permiten disquisiciones de alto vuelo. Salvo en corceles como los míos, alimentados con el piensotrébol y la alfalfa aeromóvil que cultivo en mis chacras experimentales. Sobre todo, el moro y el cebruno, los más comilones, en que íbamos montados Belgrano y yo. Una noche de pastar este forraje los provee, durante la digestión, de gas volátil suficiente para un vuelo de varias horas. Aristóteles logró animales de aire. El Vinci fabricó artefactos voladores, robando a las aves el secreto de propulsión y planeamiento de sus alas. Julio César daba de comer a sus caballos algas marinas infundiéndoles neptúnico vigor. Yo, basado en el principio de que el calor no es otra cosa que una substancia levitante más sutil que el humo, fuente de energía de la materia, hice algo mejor que el estagirita y el florentino: En lugar de fabricar aparatos mecánicos y aerodinámicos, logré cultivar pasturas térmicas. Pienso mágicamente útil. Usinas de fuerzas naturales de incalculables posibilidades en el perfeccionamiento de los animales y el progreso de la genética humana. Construcción de la super raza por medio de la nutrición. Alfa y omega de los seres vivos. He aquí Eldorado de nuestra pobre condición real. ¿No cree usted, general, que el plankton almacenado en los océanos podría solucionarnos la cosa? ¡Viveros inagotables de energía! Yo no conozco el mar, pero sé que es posible. Ustedes se hallan a sus bordes y deberían iniciar los experimentos. En secreto, pues de no hacerlo así podrían desencadenar la guerra de los ganaderos y matarifes, la avisordidez todavía más inagotable de los mercaderes portuarios.
Íbamos ya cabalgando entre las nubes en nuestros caballos mongolfieros. El mapa bermellón de la ciudad parecía aún más bermejo desde lo alto. El verde de los bosques más verdes. Las palmeras más empenachadas y esbeltas, enanas, enanísimas. Las sombras de las hondonadas, más obscuras. Fuego líquido derramaba la caída del sol sobre la bahía, sobre el caserío apiñado en las lomadas. ¡Oh qué bello paisaje!, exclamó Belgrano aspirando aire a todo pulmón. Remontó un poco sobre su silla. ¿Dónde anda Echevarría? No pude disimular mi sonrisa de satisfacción. Veía al entrometido secretario cabalgando entre las zanjas excavadas por los raudales y las inundaciones. ¡Véalo allá, general! ¡En lo más bajo del Bajo! ¡Qué mala suerte la de don Vicente Anastasio!, se condolió. ¡Perderse este espectáculo! Mala suerte en verdad, general. Su secretario va montado en el rocín de Fulgencio Yegros, apto únicamente para los juegos de sortija y las cuadreras.
Hagamos descender ya, dijo Belgrano, a nuestros bucéfalos aerostáticos. ¿Cómo se hace? ¿Se los pincha en alguna parte? ¿Tienen alguna válvula de escape? No, general. Todo sucede naturalmente. No se aterre usted. Son seres térmicos. Cuando se les acaba el gas, los caballos atierran. Todo sucede muy naturalmente. Las luces del ocaso son incomparables en esta estación del año. Contémplelas usted, general.
Libre por esta vez.


Yo, el Supremo- Augusto Roa Bastos