La semana pasada, tratando de conseguir los cuatros libros siguientes de la saga del Padre Brown, en una librería de viejo de mi predilección, me ofrecieron "Las Paradojas de Mr. Pond", en la Colección Austral. Aunque suene raro hoy en día, este libro menor que tengo de Gilbert K. Chesterton, es una cuarta edición, y trata sobre los casos casi mínimos de un personaje muy elocuente y enciclopedista en cuanto a los temas generales, pero tímido y un tanto humilde con la exposición de sus propios logros. A tal nivel lleva su timidez, que sus historias terminan comprimiéndose en frases paradojales que los demás escuchan como un non-sense admirable y sospechoso, o la chochera de un funcionario del ministerio inglés entrado en años. miércoles, octubre 14
La Televisión del Acampamentista
La semana pasada, tratando de conseguir los cuatros libros siguientes de la saga del Padre Brown, en una librería de viejo de mi predilección, me ofrecieron "Las Paradojas de Mr. Pond", en la Colección Austral. Aunque suene raro hoy en día, este libro menor que tengo de Gilbert K. Chesterton, es una cuarta edición, y trata sobre los casos casi mínimos de un personaje muy elocuente y enciclopedista en cuanto a los temas generales, pero tímido y un tanto humilde con la exposición de sus propios logros. A tal nivel lleva su timidez, que sus historias terminan comprimiéndose en frases paradojales que los demás escuchan como un non-sense admirable y sospechoso, o la chochera de un funcionario del ministerio inglés entrado en años. jueves, septiembre 24
Un cuento de Peter Gabriel:

LA CAJITA DE MÚSICA
El menor Henry Hamilton-Smythe (8 años) estaba jugando croquet con Cynthia Jane De Blaise-William (9 años) cuando Cynthia, sonriendo con dulzura, alzó en lo alto su mazo y arrancó elegantemente la cabeza de Henry.
Dos semanas más tarde, en el cuarto de Henry, descubrió su atesorada cajita de música. La abrió con impaciencia y al comenzar la canción de cuna “Old King Cole”, surgió una pequeña figura fantasmal. Henry había vuelto -aunque no por mucho tiempo, ya que al erguirse en la habitación, su cuerpo comenzó a envejecer velozmente dejando su mente infantil cautiva.
“Todos tus sentimientos parecen tan alejados de mí. Ya casi no me importa… Estás ahí parada con esa expresión fija, dudando de todo lo que tengo que decir. Y la niñera te contará mentiras de un reino más allá de los cielos, aunque yo estoy perdido dentro de este medio mundo. Llevo demasiado esperando en él, y todo este tiempo me ha pasado de largo. Ya casi no me importa…”
Los deseos que habría experimentado durante su vida lo atravesaron en oleadas.
“Sólo un poquito más de tiempo. Tiempo para vivir el resto de mi vida. ¿Por qué no me tocas? ¡Tócame! ¡Tócame ahora! ¡Ahora, ahora, ahora…!”
Los intentos por persuadir a Cynthia Jane de que cumpla sus deseos románticos, desafortunadamente, atrajeron a la niñera hacia el cuarto para investigar el ruido.
Instintivamente, la nanny arrojó la cajita de música hacia el niño barbado, destruyéndolos a ambos.
traducción imbricada: M.P.S.
martes, septiembre 22
Spin
El artículo haciendo un click aquí: La singularidad de los plurales
martes, agosto 18
La Vida Privada
La literatura también tiene sus mecanismos, su etapa clónica, su funcionalidad y su costo. Pero yo lo veo más como un Organismo. Organismo que se va mejorando darwinianamente según la atmósfera a conquistar, pero siempre atrofiando otra de sus partes o extremidades: una economía de lo disponible, para respirar mejor. Una novela puede contar con un montón de mecanismos inútiles, pero en esa inutilidad puede estar su belleza. Cuando los mecanismos de una novela funcionan impeliendo al lector del Cap 1 al Cap N, le son invisibles e insonoros (y hasta a veces lo son para el mismo autor, que los copia en bloque, por ejemplo, de otras novelas anteriores.) Lo malo de saber como funcionan (como cuando viajo en avión), es saber dónde pueden fallar. Es sólo cuestión de uso, antigüedad y mantenimiento.
Creo también que primero hay que producir y luego publicar, e insistir con la publicación. Hay que difundirse, lo más extensamente posible. El reconocimiento es otra cosa; compleja, azarosa, acomodaticia, difícil de predecir. ¿Es bueno que te reconozca Paulo Coelho, y con él 1.000.000 de lectores? o ¿es bueno que te reconozca Oliverio Coelho y con él, 100 lectores?
Pienso en un de los cuentos de escritores de Henry James, un cuento perturbador: “La Vida Privada”. El escritor del cuento tiene una vida social impecable, pasa la mayoría de su tiempo en tertulias y agasajando actrices que actuasen en sus obras exitosas y de genio. ¿Pero en qué momento tenía tiempo para escribir, cuándo pulía esas delicadas producciones? El protagonista descubría, en un asalto a la intimidad, que el escritor era doble: por un lado existía el social y auspicioso de sí mismo, pero, al mismo tiempo, en la oscuridad de su cuarto escribía el otro: un döppelganger genial y autista.
El blog insume, cuando “funciona”, mucho tiempo, mucho derrame social; y dependiendo qué esperemos de él, mucha energía. Es una tertulia complicada y se presta a malentendidos y conflictos. Y lamentablemente, no contamos con ese doble oscuro que debe hacer la obra que soñamos, ya que su lugar es incomunicado y asocial.
El blog es para mí un Maëlstrom: me absorve, me desordena y dispersa; y por supuesto, se vuelve sospechosamente adictivo. Para escribir la literatura que está en mi cabeza, debo alejarme de él, y esa es una de las razones por la cual mis post se espacian orillando arroyos, lagunas y mares.
viernes, julio 17
Otra nota desAirada
martes, julio 14
Dos apuntes comparativos e incautos: Aira versus Kafka
Esa escritura se podría rastrear en Franz Kafka, especialmente en el “sí, pero” analizado por Marthe Robert. Una escritura qu
e no tendría forma ya que ésta se ve desintegrada. Miguel Vitagliano, en un seminario sobre la novela, dijo que César Aira podría leerse como escritura cero (concepto postulado por Roland Barthes, el grado cero vendría a ser la escritura que se arranca la literatura. Así por ejemplo, “yo escribo” sería el primer grado, “escribo que escribo” sería el segundo…) Pero ¿qué quiere decir con esto? Bueno, de alguna manera, que Aira mina constantemente la literatura (según parece, a través de lo chistoso.)No se sabe con certeza si César Aira tiene un programa, un proyecto teórico. Más bien se presume la ausencia del mismo; pero no por carencia, sino por sobresaturación. ¿Pero es interesante el dinamitero loco? Digamos que podría tener valor porque es un límite. Es interesante a la Crítica Taratológica el escribir cada vez más peor (¿pero es posible esto?)
2. Ley de los Rendimientos Decrecientes versus Ley de la Mejora Continua
“En el primero momento, el principio de todo cuento es ridículo. Parece imposible que ese organismo nuevo, todavía incompleto y delicado por donde se lo mire, pueda mantenerse vivo en la organización del mundo ya existente, que como toda organización completa tiende a encerrarse sobre sí misma. Sin embargo, uno olvida que el cuento, si su existencia es justificada, ya lleva en sí una perfecta organización, aun cuando no haya completado todavía su desarrollo; por eso es injustificada la desesperación que puede provocar en ese sentido el comienzo de un cuento; del mismo modo deberían desesperarse los padres ante una criatura de pecho, porque nunca tuvieron la intención de traer al mundo ese ser miserable y sobre todo ridículo. Por supuesto, uno nunca sabe si la desesperación que siente es justificada o injustificada. Pero esta reflexión nos sirve en cierto modo de aliciente; bastante daño ya me ha hecho ignorarla.” (Diarios, 19 de diciembre de 1914)
Y todo esto, centrado en el eje temático caro a los concursos literarios, sobre los principios y la engañosa postura de que con un comienzo gancho, se justifica o no el continuar con la lectura de una novela o un cuento. A Aira parece interesarle específicamente “comenzar”, para luego terminar con apresuramiento y desaliño ante el pánico de quedar trabado y a la inmovilidad.
miércoles, julio 1
Un lento retorno al mundo subterráneo

Es increible cómo pasa un año así como así. Cada tanto entro a este espacio, admiro las telarañas que se agitan levemente con mi intrusión. Visito desde aquí a mi aldea (los blogs que me son afectos), rara vez hago un comment allí donde puedo y donde siento el acicate de un párrafo, cuanto menos meditado 2 minutos.
El panorama literario no ha variado en la Argentina mucho más que lo anunciado en el post anterior, por lo menos para mí. La Feria del Libro, a la que concurrí una vez este año, no fue muy distinta de la anterior. Es decir, generalmente, me tientan dos cosas cada vez que voy: las novedades y las charlas de escritores de segunda línea para arriba. La única novedad del 2009, fue el libro de Cortázar (que aún no compré) y los escritores de segunda línea están muy ocupados o muertos, y los de primera, están muertos aunque ominosamente presentes. No encontré sitio para las pequeñas editoriales independientes, lo cual hubiera sido estimulante. Me parece que en esto tiene que entrar el Ministerio de Cultura: en subvencionar estos espacios próximos y urgentes, en políticas de difusión y de estimulación de la lectura temprana; más allá de pagar pasajes en búsqueda de la edición extranjera o ocupar un stand en las ferias exóticas de Franckfurt. Me hubiera gustado escribir un post para el blog sobre la feria que lleva año a año Paula Pampín, pero ¿valía la pena ofrecer otro texto del desencanto? (para textos del desencanto lean el de Alan Pauls sobre Gesell, una decepción sobre la decepción.) Pero por supuesto, la escritura es una forma de terapia, y en mi caso, especialmente, una forma del pensamiento analítico. Así como las ecuaciones fijan movimientos y plantean paradojas a destrabar, la escritura fija el movimiento de nuestro pensamiento, planteando las paradojas de nuestra acotada y subjetiva percepción.
Me propongo revolver mis papeles, estudiar y ampliar mis proyectos. Tengo artículos por desarrollar, apuntes que hacer, dibujos para bosquejar, una nueva novela por escribir. Luego de esta irradiación, alejada de la web, fijada en papel, será cuestión de plantear un nuevo campo de fuerza. El blog es una cantera magnífica, llena de vetas, estalagmitas y estalactitas, conformada en gran parte de ganga que hay que reducir, aunque sus galerías estén siempre a punto de colapsar y desplomarse. Prender la lámpara de mi casco de ingeniero, tirar una soga de teseo, y perderme en los pasillos con el canario al borde de la asfixia (esto suena un tanto doble en su sentido), es lo que más me placería hacer este tiempo.
Un nuevo y perezoso viaje al Blogunderworld.
sábado, mayo 10
Watcher of the skies
lunes, abril 21
Hipertexto, e-books e hipercríticos
No me parece un buen argumento el del “hipertexto” para sustentar la supremacía evolutiva del e-book que, por otro lado, no deja de berrear como un bebé los títulos nobiliarios de sus ancestros.
Existe un aspecto a analizar que es el del soporte, problema que de hecho excede lo electrónico o lo tradicional: la falta de hábito de lectura y del tipo de lecturas críticas. Como lector hedonista, prefiero el libro de papel: por su portabilidad, su diseño, su textura, porque no irradia partículas u ondas en mi vista cansada, porque me sumerjo, me demoro y vuelvo a releer. El e-book es todavía un objeto incómodo y radiante, aunque masivo y posiblemente, gratuito. Tal vez, en el futuro, el desarrollo tecnológico le permita ganar las ventajas del libro papel, que a un lector hedonista o tradicional le son tan caras.
Es evidente que una gran mayoría del “público lector” está leyendo en medios electrónicos, pero dada lo que defino como “velocidad de lectura” la cual está asociada al medio, exige (tal como lo veo) textos cortos, mucha imagen, frases simples; porque la vista va a vuelo de pájaro sobre las páginas. El papel permite la concentración (no irradia, no come la vista). La pantalla nos “acostumbra” al clic, al sobrevuelo, a la lectura leve, modular.
Hacer un análisis antropológico y “antropométrico” del acto de leer según el soporte de lectura, es necesario para entender la posible evolución del e-book y de los blogs. La forma, también, condiciona el contenido; y eso será evidente cuando se analicen los productos resultantes y “más visitados” de cada formato.
Los problemas de legitimación y de evaluación de la calidad, son distintos, y se ajustan a las políticas educacionales y culturales a nivel país, pero también a nivel global.
Personalmente, el hipertexto me desalienta: como esos libros plagados de citas al pie, campo minado para la lectura deslizante (conectar “pie” con “mina”. Insólita relación entre velocidad de traslado y el peligro de caer en una de ellas para luego decidirse a abandonar la lectura)
Antes que en un hipertexto, prefiero sumergirme en “El Arco Iris de Gravedad” de Thomas Pynchon, que sin apelar a nodos y corredores formales electrónicos, dan una sensación de interconexión modular al borde de lo inaprensible o del caos. Concedo que esta novela tiene el peso de una Notebook, pero no precisa el clickeo para ser una criatura de avanzada, y no es necesario que irradie sobre mis ojos cansados, sino sobre mi mente inquieta.
A pesar de lo expuesto, estoy de acuerdo que uno debe probar y producir en todos los ámbitos y medios disponibles (antiguos y modernos), y aspirando al límite de uno mismo en cuanto a la calidad. La crítica vendrá solita, ya que obedece otras leyes y otra problemática que no tiene necesariamente que ver con la forma o con el medio (al menos en lo que respecta a la escritura.). De alguna manera, es una lucha evolutiva y tecnológica. Específicamente en el hiperespacio de la Literatura, hay historias que siguen manteniéndose sobre el soporte de la oralidad desde la antigüedad, y siguen siendo maravillosas y presentes.
jueves, marzo 20
Contribución de Sergio Chejfec al post sobre Piglia
“Martín lo va dominando, le apoya todo el peso del cuerpo en la espalda hasta obligarlo a arrodillarse.Los dos se amontonan contra la puerta.Martín está encorvado sobre la espalda de Luis, le aplasta la cara contra la cerradura.El picaporte clavado en la frente, Luis reconoce la otra pieza, la ventana, el respaldo de una silla y dos piernas de mujer que parecen flotar en el vacío. Es un instante, porque enseguida afloja el cuerpo, apoya las manos en el piso y se tira hacia atrás, contra Martín que lo abraza y lo obliga a girar, a mirarlo”.
lunes, marzo 3
La destrucción de la Capilla Sixtina

Podría aventurar que pintores como Pollock o Lichtenstein, muestran una limitación personal que coincide con los límites entre el arte y la moda. Es probable que suene un poco filisteo en estas aproximaciones. Por eso me gusta ese monstruo fascinante que es Max Ernst: un tipo que se ponía a hacer collage hasta el aburrimiento para que de pronto cambiara de parecer y se dedicara a realizar experimentos con texturas, y así siguiendo. Dominaba las técnicas académicas pero a su vez proponía nuevas técnicas para el futuro.
Preferencias . . .
jueves, febrero 28
111
Todo es incontenible.
Todo se desgaja cielo a cielo.
lunes, febrero 18
Coda: Literatura de lector o bien "La Maldición Borges"
Me gusta ese término: "literatura de lector" y creo que es muy acertado. Es decir, creo que Piglia haría un gesto de complicidad con el término que usó Julio Zoppi para adscribirlo. La cuestión, más allá de la pericia de una literatura de lector, más allá de la calidad de los productos de una literatura de lector (y si se pudiera definir tal literatura), es si podemos "valorarla" y bajo que preceptos éticos, estéticos o morales darle justa apreciación por sobre otras (por ejemplo: por sobre los originales canibalizados) Pero sí, lo que aprecio es esa "intencionalidad" callada. Creo que hay que valorar que lo que Piglia hace en el cuento de "Homenaje a Roberto Arlt": utilizando un cuento de Turguéniev como si fuese de Arlt, es "muy" ingenioso (aún más, teniendo en cuenta que esa transportación terminó impactando como una onda expansiva en la realidad: la hija de Roberto Arlt increpó a Piglia por los derechos de ese “texto inédito” robado quién sabe de qué manera.) Y los datos están ahí, apenas musitados en el cuento.
¿Pero qué hay cuando esos engarces, esas transposiciones son realizadas de callado? ¿No se vulnera cierto orgullo de autor a expensas de la lentitud del lector, al que le es inabarcable el cuerpo de la literatura? Esta práctica, que gusta particularmente a muchos críticos sagaces, también crea epigonistas de dudosa calidad, quienes terminan amparándose en la Academia una vez que son descubiertos. Porque esa es la diferencia: han sido descubiertos muy fácilmente a causa de que el engarce (lo que yo estimo como trabajo de valor agregado y que es la precisión del engarce) es muy burdo, trucho, indecoroso. Agregar a “Bolivia Construcciones” treinta páginas de “Nada” (y sospecho que tan sólo para cumplir con los requerimientos del concurso en cuanto a extensión de las obras presentadas), es un engarce trucho, y como sostuve en otro viejo post, no vale el riesgo para un Robin Hood que se precie de tal. Hay que entrar en el Castillo armado de la literatura consolidada y sortear los peligros de un ladrón con sagacidad. Puesto que al momento que chillan las alarmas de seguridad y las jaurías se activan, se debe salir airoso, a capa y espada, y quedar indemne o cuanto menos, trocarse en la leyenda afilada de pobres y menesterosos.
Hay que meditarlo por el lado oscuro del término. Porque estamos hablando de intertextualidad, de copia, de engarce, de bombas ocultas, y de estallidos que desde el texto impactan en la realidad. La oscilación de efectos entre realidad y ficción, es una de las especialidades de Piglia e invita a una crítica de caza mayor. La literatura de lector, presumo, es una maldición epidémica que podría habernos legado Borges (así como Kafka nos legó, a través de una teoría bosquejada en sus Diarios, la de “la literatura menor”, tan menor que termina por ser infranqueable como si se invirtiese a un obstáculo mayor.) Borges dijo que Todo estaba escrito, que no podríamos hacer más que variaciones argumentales de una pocas historias rectoras, clásicas y ya editadas desde el fondo del tiempo. Porque para ser "honestos", y de acuerdo a esta marca endemoniada que Borges imprime en el ADN de la literatura argentina, sólo nos cabe la intertextualidad, el engarce, la cita, las Variaciones Goldborg. Ya no se puede ser Original. El término oscuro, innombrable, proscripto, es precisamente “La Originalidad”. Volver a hablar de originalidad significa retroceder a un estado puro o virginal de la crítica que es prácticamente riesgoso si no irreversible. Por dos razones: primero porque la Originalidad es difícil de estimar (cuánto del texto es realmente novedoso, cuánto es traslado de lecturas subterráneas e inadvertidas al autor), y segundo porque convierte en un tonto a quien habla actualmente de ella. Uno no puede presumir de original, pero sí de falsificador. Es decir, hay un problema en la Originalidad que tiene que ver con la apreciación de una obra literaria (o una obra de arte) y que debe contraponerse y/o aquilatarse con la intertextualidad. Una literatura de autor versus una literatura de lector.
Para los Editores Ejecutivos siempre es mejor editar algo probado que algo por probar. Y aquí surge una paradoja (el huevo tramontina.) Que vayan apareciendo obras con el título “El Enigma de...” (secreto, club, clave, código, etc.) seguido de: “...Vivaldi” (Flamencos, Da Vinci, Dante, Gaudí, etc.), configura una red de Crucigramas Kitsch adictivos como los sudoku que atenazan a los viajeros de subte en sus asientos al borde de la asfixia. Política del intertexto se cruza en algún punto con la política de lo probado, y con lo Kitsch, y en definitiva, con la política de edición (“lo que leemos ahora”.) Explorar estas cuestiones, y en especial, el espinoso tema de la Originalidad exige delicadeza. Al menos, la delicadeza que exigía Henry James cuando decía que un crítico debe ser una demonio de la sutileza.
viernes, febrero 8
Ricardo Piglia: ¿el autor sin atributos?

Cuando uno busca departamento, es increíble como advertimos en cada esquina de la ciudad inmobiliarias que hasta entonces nos eran invisibles (y los fines de semana, centinelas de sonrisas plásticas nos esperan merodeando por dos o tres ambientes deshabitados.) Cuando llega el bebé, la ciudad se puebla de carritos y obstáculos, se forman carreras de fórmula cero y se evitan colisiones estrepitosas. Si acostumbramos el ojo a detectar el número 101 en cada matrícula que alcanzamos a leer mientras viajamos hacia el trabajo, veremos que a lo largo de los días hábiles, surge una escuadrilla inaudita de vehículos que nos induce a pensar que el universo se pliega a nuestra visión paranoide.
Pero más interesante que descubrir un solo aspecto que se repite como si fuese una pesadilla recurrente, es hallar una “serie recurrente”, es decir, dos o más aspectos que bajo cierto orden, establecen una coincidencia de grado mayor. Algo así como presenciar una alineación de planetas o descubrir la correcta secuencia de giros que nos hace abrir una caja de caudales. Como si merced a una propiedad óptica inherente a un entrenamiento inadvertido, existiera una subjetiva intención de focalizar o subrayar en fosforescente los puntos análogos de una configuración de hechos, clones o hrönir. El azar, esa especie de dios que suele tenerse por autónomo y autárquico, que no acude cuando se le reza sino cuando se lo ignora, también vendría a depender de la mirada, y específicamente, de la mirada retrospectiva. Un lector absoluto de la Biblioteca Universal (ojo: no la de Babel), podría en un simple paneo descubrir las coincidencias entre todos los textos existentes. Basta que al escanear se acote con precisión. Si lo hacemos sobre una palabra, las coincidencias serán gigantescas; si es sobre un párrafo, serán menores. Esa experiencia se parece a la que tiene un docente cuando se sirve de los buscadores de la web para detectar copipastes y plagios en los trabajos de sus alumnos sospechados. Pero la cuestión, el arte del buen deporte de la focalización de series y constelaciones, está en el fortuito tropiezo de una coincidencia intencional y mimetizada, sesgada y silenciosa.
Apenas llegué de Villa Gesell comencé a leer, no sin cierta morosidad y dificultades varias, “El Hombre sin Atributos”: novela volumétrica e inconclusa del ingeniero Robert Musil. Ya de por sí, el primer tomo de Seix Barral con más de seiscientas páginas, resulta difícil de maniobrar viajando parado en el colectivo 109. Pero no lo es menos, estando sentado, puesto que en su abundancia y aspiración de absoluto se abre en múltiples pensamientos abstractos, contemplaciones histórico filosóficas, análisis psicogestuales, precisiones tecnológicas y científicas, especulaciones jurídicas y diplomáticas, microhistorias de la pasión y del espíritu, vórtices y remansos. Uno deriva adormecido o súbitamente alarmado a lo largo de ese caudal imperial.
A veces, no soy fiel.
Quiero decir: a veces no soy un lector fiel. O por lo menos, no tengo a la fidelidad como un mandato ético, siempre presente (¿hay una ética del lector o una genealogía de la moral del lector?) Como mucho, siento el mandato ético de terminar el libro que ya comencé a leer (eso hace que elija con cuidado los volúmenes monstruosos, como es el de Musil, antes de empezarlos o adquirirlos.) Digo: no soy un lector fiel en el sentido de que algo me puede acicatear en medio de un libro extenso, y aventurarme hacia otro como si fuese en pos de una amante fugaz. Puede ser algo que esté en el mismo texto que leo (un pie de página ex libris.) Me lanzo al adulterio como un perro a la ciclista de piernas bronceadas. Más aún cuando es un libro fino, alguna nouvelle, algún ensayo. Pero en este caso, lo que me acicateó no fue un indicio en el mismo tomo de Musil, sino una inquietud demorada, algo que se despertó, tal vez, al leer blogs o suplementos literarios. Realmente ya no recuerdo qué. Probablemente, la comparación de esos tomos gruesos de Musil con los “Diarios” de Gombrowicz (¿cierta aspiración por la obra total en construcción?) Y supongo que de Gombrowicz, derivé hacia Ricardo Piglia y su primer libro de cuentos, el que hasta entonces no me había decidido a leer.
Lo cierto es que compré “La Invasión”, y me dediqué a leer sus cuentos, mientras “El Hombre sin Atributos” descansaba amodorrado sobre su señalador en la página doscientos y pico. Es más, a pesar de ser un lector infiel, llevaba en mi valija los dos libros como quien lleva puesta la sortija a su cita clandestina. Iba leyendo el cuento “Tardes de Amor”, donde dos personajes, Wagner y el maestro Pardo se citan para presenciar, en la habitación contigua, una escena clásica (que viene a contaminar, igual que si fuesen vasos comunicantes, ambos espacios en una ambigüedad erótica de a pares):
“Wagner se acercó a la puerta. Luego se arrodilló contra la cerradura. La mirada recayó primero sobre un papel blanco, luego sobre un vaso; después vio el brillo de un anillo en la mano abierta de una mujer. Fue un instante porque enseguida la mujer se alejó, luego vio que apoyaba las manos en el piso y se estiraba hacia atrás, desnuda, contra el hombre que la abrazaba y la obligaba a girar. Lo que veía se desintegraba en pequeños detalles; el cubrecama verde se extendía como un prado; una mano blanca descansaba sin sentido en el aire; una esclava dorada envolvió el tobillo de la mujer.”
(Ricardo Piglia, “Tarde de Amor” en “La Invasión”, Ed. Anagrama, 2006, página 56)
Y en ese momento, me asalta el déja-vù. El “ojo de la cerradura” es el punto de lectura, el mirador desde el cual advierto una constelación, una serie definida de puntos: “papel blanco”, “anillo”, “verde”. Puesto que se manifiesta como una serie, una sucesión de objetos definidos sobre el rayo de la mirada, reverbera con mayor intensidad en mi memoria lectora. Una vez que mi instinto se larga al rastrillaje del libro de Robert Musil, descubro maravillado la misma serie. ¡La había leído el día anterior!:
“Solimán escuchó. —¿Asisten también generales austriacos? —preguntó.
—Mire usted mismo —respondió Rachel—; ha venido por lo menos uno. Y se dirigieron juntos al agujero de la cerradura.
La mirada recayó primero sobre un papel blanco, luego sobre una nariz; una sombra grande pasó de largo; después se vio brillar un anillo. La vida se descomponía en claros detalles; el tapete verde se extendía como un prado; una mano blanca descansaba sin sentido en el vacío, cérea, como en un panóptico; y mirando al sesgo pude ver brillar el fiador dorado del general.”
(Robert Musil, “El Hombre sin Atributos”, Libro 1, Parte II, Capítulo 44, Ed. Seix Barral, 2006, páginas 187-188)
Lo que en un principio me pareció una coincidencia austeriana (haber leído en la vasta profusión de escenas, un día antes, una muy parecida al del libro de Piglia), al transcribir los párrafos, descubro el gesto intencional del autor. La escena es una trascripción mimética del párrafo de Musil, montada con la intencionalidad de un transplante de corazón. O más bien (y haciendo referencia al joyero del primer cuento de “La Invasión”), la de un orfebre que engarza una piedra antigua en un anillo moderno de muy diferente estilo y brillo. Advierto con mi monóculo de aumento cómo el engarce se evidencia: el “verde tapete” de la mesa donde se reúnen los austriacos a planear un evento patriótico se torna el “verde cubrecama” donde se reúnen los amantes adúlteros. La frase que le sigue: “(...) una mano blanca descansaba sin sentido en el vacío”, coincide 1 a 1, como el punto de máxima conexión, como la llave en su cerrojo.
(Nota al margen: Esa cerradura, como un bisagra hiperespacial, me lleva de un cuarto a otro -cuatro ambientes permutables de a dos.- Esto parece venir a respaldar un ensayito sobre “Respiración Artificial”, el cual esbocé hace varios años para un seminario sobre la Ficción dado por Roberto Ferro.)
Piglia nos advierte en el prólogo de “La Invasión” que su cuento ”Tardes de Amor” fue reescrito para esta nueva edición de Anagrama. Esta precisión, tal vez no sea casual ni dada al pasar. Lamentablemente no cuento con la edición original (1967) para cotejar una y otra versión. Aún así, la reconstrucción de la escena de escritura podría ser esta:
a) Revisando, el autor lee un acto de vouyerismo a través de una cerradura en su cuento original.
b) El autor recuerda un acto idéntico leído en la obra de Robert Musil.
c) Lo rastrea y lo engarza (no es un simple montaje linkeano, puesto que se realiza un “ajuste”, una operación de asimilación o de compatibilidad orgánica) reemplazando el anterior.
d) Y por último y principal: se calla.
Pero lo que me intriga, fuera de lo fortuito (o no) de mi tropiezo exploratorio, es el punto “d”. Es posible que las hechos, al momento de la reescritura, no se hayan dado así, pero me intriga el callar de Piglia. Y empieza la sospecha. ¿Puede escribirse por engarce toda una obra? ¿Puede que esta obra hipotética, sólo sea un vasto anillo de escenas engarzadas provenientes de otros libros? ¿Es un plagio, una intertextualidad, un tesoro para lectores avezados, un regodeo privado de lector-escritor sagaz? ¿Es un estilo, después de todo? En el callar parece coruscar el estilo argumental de Piglia: lo sospecho.
El silencio otorga y el azar también.
miércoles, noviembre 7
Antonio Di Benedetto: lectura en 2 movimientos

Por supuesto, era una apreciación tentativa. Digamos que veo un “problema”, un punto de inflexión a analizar. Por cada periódica relectura que hago de Di Benedetto, me parece que uno de sus mejores cuentos, especie de summa literaria, es un texto poco antalogado pero que habla de esa extraña filiación entre la ficción y la realidad, entre existencialismo y género fantástico, que es “Falta de Vocación”, en “Cuentos Claros”. Y la novela de mi preferencia es “El silenciero” y el comienzo de “Los suicidas”.
Y un buen día, por fin, llego a la página 700. Termino el grueso volumen de Di Benedetto.
Ejemplificando mi presunción anterior, doy con una cita que anticipa mis reparos de lector. Di Benedetto escribe en un cuento llamado “El Pretendiente”, publicado en 1983 (es decir, perteneciente a la época posterior a su detención en 1976) lo que sigue:
“De cualquier forma, prefería los sueños de otra época, los sueños creadores que le ayudaban en su trabajo. Ocupado con soñar espantos, se le han ahuyentado del sueño aquellas ensoñaciones que favorecían la emanación de una fantasía, la formación de la sustancia que él podía convertir a historias para ser contadas.”
Por otro lado, el último cuento que es un inédito llamado “Muy de mañana, en el cementerio”, cierra el volumen con un estremecimiento poderoso que bordea la tristeza (y que me hizo pensar en las cabezas criogenizadas, pero en grado tan sutil, que lo diferencia y lo acerca a las costumbres bárbaras de una tragedia griega.)