martes, marzo 7

Brevario de amotinados 1

"A mí me gusta aquel príncipe que estaba leyendo un libro cuando el verdugo fue a buscarle, le tocó el hombro y le dijo que ya era la hora, y él, al levantarse, antes de cerrar el libro, puso un abrecartas para señalar la página."

El Bosque de la Noche, Djuna Barnes


[Me propongo antologar en esta sección que llamo "Brevario de Amotinados", citas extraídas de libros que, amotinadas, se comportan como minicuentos, microficciones, o incandescencias. For my pleasure. Si alguien quiere enviarme alguna cita que cumpla con estas simples características, ya sea vía mail o comment, la publicaré con gusto.]

viernes, marzo 3

Contigüidades en mi mente lectora

Hay una extraña contigüidad entre la obra inconclusa de un escritor y la obra emergente de otro muy posterior; quienes hasta podrían desconocerse o estar incomunicados.

Julio Cortázar, en 1980, sueña con una novela absoluta y “última”, que guarda celosamente en su escritorio y que piensa publicar (¿cabría pensar, que luego de ella, vendría la mudez?) Cuando se dispone a leerla, ve que está escrita en letras cuneiformes, extrañas runas, trazos inteligibles en la vigilia, pero plenos de significado en el sueño. Luego, en 1983, meses ante de morir, Cortázar le cuenta a Luisa Valenzuela, que ha soñado con su último libro, pero esta vez, lo soñó lleno de figuras geométricas: geometría pura que expresa todo lo que siempre quiso expresar a través de la escritura: búsqueda y hallazgo.

Años después, en los noventa, Roberto Bolaño publica “Los Detectives Salvajes”: novela palimpsesto y polifónica que Vila-Matas, en forma apresurada y un tanto cegatona, comentaría como un “histórico carpetazo a Rayuela.” Los tramos finales de la novela de Bolaño, y haciendo referencia al poemario fantasma y lúdico de ese poeta-personaje que es Cesárea Tinajero, se componen de formas geométricas (¿una ventana? ¿algo que asoma en una ventana? Ver cómo se leería un poema geométrico en el capítulo 20. La poesía y su tenso estiramiento sobre lo indecible.) Hay un extraño vínculo entre la “Novela Geométrica” de Cortázar y la novela existencial de Bolaño, como si la primera fuera el fantasma futuro de la segunda.

Bolaño muere y deja casi inconclusa “2666”, auténtica novela fantasma (con todo su phatos, su huella de una muerte prematura) ¿Qué novela preanuncia? ¿Hacia dónde tiende sus puentes precarios?


[Extraído de un post que publiqué en Kapput.]

martes, febrero 28

El tejo furtivo de Morelli

"Leyendo el libro se tenía por momentos la impresión de que Morelli había esperado que la acumulación de fragmentos cristalizara bruscamente en una realidad total. Sin tener que inventar los puentes, o coser los pedazos de tapiz, que de golpe hubiera ciudad, hubiera tapiz, hubiera hombres y mujeres en la perspectiva absoluta del devenir. " (Rayuela - Capítulo 109)

Desde este párrafo que pertenece a la famosa novela de Julio Cortázar, me veo conducido a los conceptos creativos del impresionismo, movimiento pictórico de fines del siglo XIX, según los cuales el sensualismo enfrenta al intelectualismo realista; la intuición personal y la libertad de expresión. En el punto justo donde el ojo compone la impresión del paisaje o de la escena, los jirones de colores, los puntos, rayas y manchas se arman en una sensación focal, virtual y dinámica. Pero si nos acercáramos, o cambiásemos nuestra posición propicia, la visión se desatomiza: se descubre el clavo del que se sostiene el universo. Allí fuga el sentido. Una lectura lineal (un lector perezoso, "tradicional"), sólo descubrirá manchas, un resto de cosas heterogéneas que no terminan de "coagular" en una coraza de sentido. Este lector, tildaría de incoherente lo leído, o a lo sumo, de pretencioso "vanguardismo". El modo de lectura que espera Morelli, no sólo se sustenta en su pericia de composición fragmentaria: necesita que el lector se mueva (interactúe) hacia el punto focal donde cristalice esa realidad. En el Capítulo 66, Morelli idea una página donde, como si fuese un muro, se repite la misma frase; pero . . . "hacia abajo y a la derecha, en una de las frases falta la palabra "lo". Un ojo sensible descubre el hueco entre los ladrillos, la luz que pasa." Rayuela despliega diferentes tácticas de tragaluz, es decir, marcar cruces donde el ojo del lector debe tomar ubicación para aspirar al "coágulo". El carácter lúdico, el tablero de dirección, sirve al igual que las reglas del ajedrez: aprender los movimientos necesarios para ubicarse en aquellos escaques, desde los cuales poder enfocar una combinación de fragmentos que compongan el mensaje (lo real susurrando. )

Una novela "tradicional" podría pensarse como un micromundo acotado, cuyos límites están trazados entre las tapas de un libro. Fuera de él, nosotros: el lector (un buceador buscando maravillas: sensaciones pero no preocupaciones); dentro de él un microclima cuyas tempestades no comunican a nuestras acciones. Pero ateniéndonos a las composiciones impresionistas, nuestra mirada se ve absorbida a la fluctuación sin ubicación precisa del color, la luz y las formas. Allí, los límites no son visibles, porque todo fluctúa. Los márgenes al ser imprecisos comunican al resto de la sala. La visión contamina nuestra percepción de la realidad. Hay una manifiesta, aunque melancólica, esperanza del autor de Rayuela en encontrar, en la disposición de los fragmentos, una realidad perspectivada en lo textual que comunique a la realidad del lector. Que con la multiplicidad de escenas e ideas, sea posible un mapeo, una traza de líneas convergentes donde el lector se vea afectado, tocado por la flecha. Pero este blanco móvil debe tender a ubicarse en la trampa donde el límite se desperfila, para verse afectado. Entonces, el lector no sólo se maravilla, sino que también se preocupa por la suerte de ese micromundo, porque sabe (o intuye, gracias a la pericia del autor), que ese micromundo comunica a su realidad (a su devenir, a su deriva al sinsentido de su cotidianidad.) Que al igual que una variable algebraica (pura abstracción, pero que puede llenarse se sentido físico al darle un valor), ese micromundo sin límites definidos involucra la matriz de su movimiento (del lector) en lo experiencial de la vida.

martes, febrero 21

Ejercicio con un fósforo

Puedo sostener una llama con los dedos, siempre y cuando, sienta el frío de mi alma recorrer cada ondulación del fuego; ahuecado en mi aliento, contenido en mi aire: traduciéndose, poco a poco, baile a baile, en una delicada forma de hielo, en una móvil y vibratil estalactita; y luego, por supuesto, la carbonización: único y destructivo final posible, sin poder contener el grito de dolor, el chamuscamiento, la poesía silenciada, el romanticismo imaginario que no escapa a las leyes del universo, contenidas en esa cabecita primero roja, luego llama y al fin ardor. ¡Quema! ¡quema! y yo soplo, soplo.

viernes, febrero 17

Visiones panorámicas de un senderista aficionado

La tarde anterior habíamos llegado al campamento D´Agostini, emplazado en una orilla del río Fitz Roy, entre senderos de graba blanca que lo asemejan a un jardín japonés.

Atravesando el campamento y tomando un sendero que acompaña la ribera del río caudaloso, entre bloques de piedra, nos adentramos en la confluencia de faldas que conforma el cordón Adela (que creíamos primero el cerro Torre, por su forma almenada.) De esta manera, se llega a la Laguna Torre, de color verde lechoso. Los sedimentos minerales en suspensión que el Glaciar arrastra consigo, hacen que sus aguas se tornen opacas y antitransparentes. De esta laguna nace el río Fitz Roy: una tirolesa con roldana sirve para cruzar a la orilla opuesta. Hacia el fondo, en el proscenio de lo que parece un anfiteatro granítico, se encuentra enquistado entre el cerro homónimo y el cordón Adela, el Glaciar Torre: azul y estriado de tierra.

Hacia el mediodía, comenzamos a bordear la laguna (producto del lento e incesante deshielo del glaciar), caminando sobre el filo de la morena que la circunda como si fuese el borde de un cuenco.
Ese sendero lleva al antiguo campamento Maestri (hoy inhabilitado y prohibido para acampar), sendero por el que se va ascendiendo, acercándose por izquierda al glaciar, hasta terminar balconeando frente a él.

Estaba en medio de este magnífico y cansador trayecto, cuando de pronto advierto, casi a la altura de mi vista, y aproximadamente a 5 metros de mi costado izquierdo, un cóndor rebasándome con calma. Alcancé a ver con claridad su cabeza roja de carne cruda, su plumaje negro desplegado de ave inmensa, y su ojo animal sobre mí como un curioso vigía que controla las criaturas que se acercan al coto de su espacio aéreo. Siempre observé a los cóndores, entre fascinado y cegado por el contraste luminoso del cielo, como figuritas deshilachándose con lentitud entre las agujas rocosas de los cerros. Nunca a esa distancia (viniendo a confirmar esa rara ley de los senderistas, la que dice que las criaturas fantásticas aparecen cuando uno no las busca.)

Al llegar al extremo del camino, y luego de disfrutar la altura panorámica sobre el glaciar, nos internamos en un bosquecito aledaño y reparador siguiendo lo que parecía un lecho seco, vertiente en "U". Entre rocas musgosas y ramas de árboles en maraña fuimos a dar a una cascada que llamaré Cascada Herzog (en honor al director alemán, que filmó parte de una de sus películas en este paisaje patagónico y fascinante.) Aquí, a pesar de la hora avanzada, almorzamos pan con atún, casi sin pan y sin sal (pocas provisiones a esta altura.) Finalmente, retornamos al campamento para levantar carpa y emprender el esforzado regreso al Chaltén, a través del sendero que los une directamente. Salimos a las 19 hs. y llegamos a las 22 hs. El pueblo, fundado en 1985, apareció con sus primeras luces neónicas encendidas (con el Castillo destacándose.)

El trayecto fue mayormente llano, atravesando ocasionales campos imantados de liebres. Las veíamos saltar y correr en fuga ante nuestra intromisión fantasmal. Se nos cruzó más adelante un zorrino, apuntándonos con su peligrosa cola de pestilencias, y al final del trayecto, y con el cansancio que entorpece cada paso (nudos corredizos en mi espalda), una última visión panorámica sobre el río Fitz Roy culebreando en el fondo del valle. Se destacaban las terrazas sobre el cerro de enfrente, con la luz límpida y sin sombra de las últimas horas del día.

Llegando tarde a El Refugio de doña Flora, en el Chaltén, armamos la carpa en la oscuridad y nos cruzamos al boliche "Patagónico". Comimos una Mila a la Napo y otra Mila a Caballo con papas fritas, bebiendo una deliciosa birra, e irradiados de música rockera, efectos de luces bolichongos y una pantalla de plasma que, mostraba día a día, gajo a gajo, la ruptura del puente de hielo del Glaciar Perito Moreno en marzo del 2004.

Parque Nacional Los Glaciares - 13 de Febrero de 2006

miércoles, febrero 8

Pig Brother



Ha salido finalmente a disposición de quien quiera suscribirse "free!" y le guste la literatura, el número Beta de este fanzine vía mail que es "Hermano Cerdo".

La propuesta es harto interesante (la lleva adelante como editor Mauricio Salvador, administrador del blog The art of fiction, junto a su equipo de redacción), un proyecto panamericano que en este número se vuelve políglota y diverso.

Como primer número es especial: trae la generosa traducción de un cuento, inédito en castellano, de Lorrie Moore (realizada por el mismo Mauricio), autora del libro "Hospital de Ranas" editado por EMECE. El cuento se llama "También eres feo" y su belleza surge del extraño equilibrio entre relámpagos de ingenio y neblinosa tristeza que se desplegiega hacia lo obscuro (es tal su riqueza que vengo pensando en hacerle un post crítico).

Además, y al mismo precio (zero money), la revista incluye un cuento promiscuo y fuerte del argentino Javier Cozzolino: "Misoprostol", y otro en portugués del brasileño Gibran Dipp: "Histórias do mundo para criansas".
Dos crónicas: la sugestiva "Cómo destruir Nueva York" de la mexicana Miriam Martínez, y la ficcional "Una relación seria" de la peruana Claudia Donoso.
Finalmente, una entrevista en inglés (hay que practicarlo, muchachos) de la escritora norteamericana Erika Krouse, realizada por la colombiana Andrea Montoya.

Como ven, esta revista podría llamarse Babel, pero la distinción está en su manifiesta intención de intercambio, difusión y "translate", que en forma inversa, anula la confusión y estrecha los vínculos entre las culturas.

Podés suscribirte gratuitamente a través de un mail dirigido a mauriciosalvador@gmail.com, solicitando "Hermano Cerdo".


PD: Como todo emprendimiento a pulmón e inaugural, trae sus erratas e imperfecciones que se irán subsanando gracias a vuestro entusiasmo lector.

Gaudeamus.

jueves, febrero 2

Turbulencia y ondas expansivas

Si bien he vuelto el lunes de la semana pasada, el cúmulo de visiones y reflexiones, de proyectos esbozados mientras desovillaba un sendero, la información que se registra de la charla con la gente que uno se topa en los viajes es tal, que termino por tropezar en la mudez escrituraria.

Si hiciésemos un fogón, acarreando todo es material combustible que encontramos secándose a la intemperie del bosque, sería más fácil contarles y que me cuenten. Las crónicas de los viajes suelen aburrir a quién no está interesado en ese tema específico, y casi siempre, nos llegan deslucidas y ajenas. Por eso elijo atomizar el material, dispersarlo, entregarlo anclado de reflexiones y contigüidades.

El domingo vine del Frío húmedo de Ushuaia. Por supuesto, viajé en avión (objeto de mis estudios por años.) La aeronave era un MD-80, con los dos motores en la cola. Y precisamente en la cola estaban nuestros asientos, por lo que a través de mi ventanilla lo único que alcanzaba a ver era gran parte del carenado azul de la turbina derecha, un fragmento de cielo y tierra, y el borde de fuga del ala. A pesar de que Vale estuvo descontenta por la ubicación (teniamos un tabique enfrente, la gente nerviosa del sector en las filas de al lado, el baño químico atrás, y el motor que de tanto en tanto trataba de no inspeccionar), fue un viaje plácido, con poca turbulencia. Al aterrizar en el Aeropuerto Jorge Newbery, se abrió una compuerta en el cono de cola, y salimos entre el murmullo agudo y giratorio de las turbinas impactados por una onda de calor expansivo y pringoso. No era el calor de los motores sino el clima de Buenos Aires. Horas antes habiamos estado con camperas y cuellitos de polar, camperas y gorros de lana, y ahora nos descubriamos abrazados por el calor.

Sin embargo, este vuelo de regreso podría no haber ocurrido. Y aquí aperece el punto más "inquietante, extraño y/o peligroso" de mi viaje al Chalten. Ni el caminar por el filo de la morena del glaciar Torre, ni el empinado y cansador ascenso al Cerro Guanaco en Tierra del Fuego, ni la proximidad fiera, muda y pestilentemente hostil de un zorrino en el sendero se acercaron a ese instante de miedo que, propagándose en ondas expansivas, me tomó por rehén. Digamos que esto nunca me había pasado antes.

Nuestro vuelo a Río Gallegos salía a las 5 de la mañana del domingo, y tal como lo recomiendan, estabamos desde las 3:30 hs en el aeropuerto(¿sabían que el costo del pasaje en avión fue casi igual al de un bus con 2 días de viaje?). Finalmente, abordamos un avión de configuración más reducida que el que volvimos a Baires. Nuestros asientos eran junto a ventanilla de la fila de tres. Al abordar, notamos que las luces estaban atenuadas, y ubicándonos, que el techo sobre los asientos estaba muy bajo, la fila de adelante rozándonos las rodillas. Generalmente siempre es así, el aprovechamiento del espacio en un avión es esencial. Para colmo no había aire disponible en los surtidores del techo.

Por supuesto, yo iba del lado de ventanilla, y mientras aguardabamos el demorado carreteo de despegue, miraba a través de la doble capa casi transparente, un cielo oscuro y encapotado que de tanto en tanto, se rayaba de resplandores acoplados.

Nunca tuve miedo a volar. Un amigo, también ingeniero aeronáutico, se niega o evita volar porque dice que sabiendo cómo funciona, sabe también dónde puede fallar. Lo mío, en cambio, siempre fue nervios y cierta excitación de las posibilidades (lo que no soporto son los pozos de aire.) Pero en ese instante, en el avión, me dije: "un claustrofóbico no podría viajar bajo estas condiciones."

Y ahí empezó todo. Una onda expansiva de miedo y clautrofobia que nunca tuve en mi vida. Experimenté en esos minutos que fueron horas, todo el espectro de un pre ataque de pánico: el sudor frío, la parálisis, las palpitaciones. Mi mente pragmática sabía que era absurdo, todo era producto de mi empatía literaria: meterme en la mente de otro. Pero en ese juego había disparado una onda difícil de dominar: si pensaba que todo era una cuestión mental, retroalimentaba mi miedo, como si mi pensamiento se escindiera y descubriera que perdió el control del cuerpo. Valeria trató de tomarme la mano (ella tenía miedo también, pero no sabía en que infierno estaba metido yo), y sintió mi parálisis. No quería preocuparla y tratando de tomar control, me puse a ver las fotos de la revista de Aerolíneas Argentinas, intentando leer. Sin embargo todo se volvía inconprensible: como un ramalazo volvía a sentir la onda de miedo.

Recordé un programa de tele acerca de las fobias (una mujer que lloraba ante una pluma de pájaro, un hombre que no podía subir una escalera), y recordé también, el cuento del ángel sobre el puente de Cheever. Entonces pensé y sentí que no iba a poder volar, que me levantaría y nos dejaría a Vale y a mí sin vacaciones, porque no podría soportar cuatro horas encerrado en una caja colgando del aire sin gritar y sin tratar desesperadamente de abrir una compuerta. Fue un segundo de tensión increible. ¿Me había vuelto fóbico y peligroso? Si dejaba que esto ocurriera, me dije, estaba perdido: habría instaurado un nuevo límite absurdo en mi conocimiento del mundo. Me sumergí aún más en las fotos panorámicas de la revista (no podía levantar la vista) y comencé una charla que apenas podía hilar con Vale, respirando hondo cada tanto (cosa que la inquietaba, pero que observaba en prudente silencio).

Luego despegamos, sufrí con las turbulencias, y ya después de comer el refrigerio me sentí mejor y pude contarle que me había pasado. Ya la maravillosa aproximación a Ushuaia (antes de llegar a Gallegos), si bien oquestada de maniobras y paneos sobre el canal de Beagle, pude disfrutarla y considerarme fuera de peligro.

Pienso que la falta de sueño, cierto vacío en el estómago, la falta de aire y la estrechez del ambiente, produjo ese cuadro de pre-ataque de pánico. Pero también pienso en el disparador: el hábito exploratorio de quien escribe, esa necesidad empática de meterse en la mente de otro. Llegar al punto de no retorno (como lo expresa Kafka), podría ser un inquietante manera de transformarse, de transmigrar.

Sin embargo, mi querido lector, esta historia no es la historia "inquietante, extraña y/o peligrosa" que prometí contar.

Esa historia la contaré en mi próximo post.

Algo se aproxima. . .

sábado, enero 7

El placer del viajero



Hace un par de horas terminé de estibar a presión en mi mochila, todos los elementos necesarios para mi viaje. Algo siempre irritante, porque el peso debe ser mínimo, y a su vez, no puede quedar nada fuera que implique nuestra perdición o el pasar un mal rato. Un amigo me contó que una noche en el Sur, tratando de dormir dentro de su bolsa, el frío era tan intenso que pensaba que iba a morir. Aún en la suave y helada oscuridad que lo hospedaba, fijaba su mirada en una leyenda impresa sobre la tela de su carpa, que decía (junto a la composición del material): "cuidado, mantener lejos del fuego". Le parecía terrible morir leyendo esa frase: el calor negado.

Por supuesto, la experiencia de mi friolento amigo Tomatis en campamentismo era mucho menor a la mía, ya que éste debe ser mi décimo viaje a la Patagonia en carpa. Los compañeros de laburo no comprenden que mis vacaciones pasen por el esfuerzo, la privación y el humo que todo lo impregna y desodoriza. Pero bueno, sobre gustos no hay nada escrito.

Estuve hace un par de años en las Torres del Paine. Hice el maravilloso camino de ascensos y descensos que enlaza el Refugio Frey con el Jacob en tres días. Me quedaba por conocer el Fitz Roy, en el Parque Nacional Los Glaciares. Y hacia allá voy.

Entretanto, pensé como muchos otros bloggers, dejarles a los ocasionales y fieles lectores de Dural, algún cuento de mi autoría, o mucho mejor aún, de algún escritor de mi agrado. Pero como uno no quiere agregarles peso en sus mochilas de la inmediatez y el clickeo incesante, me daré el gusto de pedirles algo. . .

Cuentenme algo que les haya pasado como campamentistas o como viajeros. La única condición, es que esa anécdota que me cuenten, que les haya pasado a uds. o algún amigo, les haya resultado: extraña, inquietante o peligrosa.

Extraña, inquietante o peligrosa.

No tiene porque ser a lo Ian McEwan. Yo personalmente tengo varias, y tal vez sume alguna más. Ya les contaré a la vuelta.

Nos vemos.-

martes, enero 3

Robert Musil opina sobre el blog

Para este verano, quise sacar en préstamo "El Hombre sin Atributos" del politécnico austríaco Robert Musil. Sin embargo (y para mi sorpresa, ya que había esperado que la incómoda portatilidad de sus dos volúmenes inconclusos me hubieran dado la oportunidad de agenciármelos sin competencia), tuve que conformarme con el primer volumen de los Diarios de Musil.

Por supuesto, es otro bodoque de 600 páginas al que apenas puedo sostener viajando parado en el colectivo (mi gran espacio y tiempo de lectura), y que quedará en Baires hasta que vuelva de los senderos de mínimo peso del Fitz Roy. Pero ante mi sorpresa, leo en una entrada de los diarios de Musil, en el cuaderno 4, circa 1902, lo siguiente:

¿Blogs?
Un signo de los tiempos. Se publican muchos blogs. Es la forma más cómoda, la menos disciplinada.
Bien. Tal vez pronto no se escriban más que blogs porque todo lo demás nos resulta insoportable. En cualquier caso, ¿por qué generalizar?
Es la esencia misma del análisis; nada más y nada menos. No es arte. No debe serlo. ¿Para qué hablar más de ello?


¿El blog en una nota escrita un siglo atrás? (como esas lámparas eléctricas en jeroglíficos egipcios, o la cápsula espacial en el sarcófago pétreo de un rey azteca.)

No, claro, es sólo un ejercicio de lectura: dónde diría "blog", realmente dice "diario" (traducción que entiendo por "periódico".) Pero gracias a los elementos coyunturales que aparecen en esta cita bien podrían servir para esta ligera suplantación, es decir: pensar al blog a través de la similitud entre el entorno de aparición de los diarios hace un siglo y el de los blogs hoy.

Una definición posible, entonces, sería que el blog es la forma "menos disciplinada" de la escritura.

Es interesante notar, también, cómo en 1902 se presentía como una amenaza, la desaparición del arte en manos de esta nueva forma: los diarios, dado que "todo lo demás se volvía insoportable" de leer. Imagino que insoportable en cuanto a la "pesadez" del arte en detrimento de la "levedad" de los periódicos, y especialmente, en la velocidad de lectura. Dada su frescura (el olor de la tinta recién impresa), su inmediatez, su aura entre libertina y libertaria de la expresión, los diarios a principio de siglo compartían símiles características con los blogs hoy: la forma indisciplinada de la escritura (¿y que me dicen de esa incómoda amonestación de Musil en cuanto a que esta forma no es arte, ni debe serlo; y que algunos bloggers comparten, presienten o sospechan con respecto al blog?)

Sin embargo, no es dificíl concordar que hoy el periódico se disciplinó, se reguló aunque enmascarado en su proclamada independencia y autonomía, y su ansia transparente de registrar lo real, lo diario o la primicia (lo que acaba de ocurrir.)

¿No cabría esperar que, en el futuro, el blog termine por ser "disciplinado", y una nueva forma deba comenzar a medrar en procura de la autenticidad y la inmediatez?


[Tagebücher: qué bella palabra alemana. Arrastra en su estela, y en primer instancia, los tagebüchers de Kafka, luego los notebooks de Henry James, los incómodos diarios de escritores.]

sábado, diciembre 31

Vitreaux

Es del todo inútil esta contemplación.
Arrojar al viento los pecios de mi naufragio. Mi continuo e invisible naufragar. Aquí, escribiendo casi sin meditaciones que se armen de una coraza de sentido; aquí, entre el arrullo del viento en las campanas del estío; aquí, en el parque del fondo de casa, deambulantes Dasha y Chungui, hociqueando la promesa de la pólvora, la irrupción futura de una cadena de minúsculas estrellas: rojos artificios flameantes. La parra de vides serenas, los pinos balanceándose como espigas frondosas; mi familia, las prisas y preparaciones de una cena de fin de año.
El Fin.
El Año.
¿Es que las palabras son copas vacías, tintineantes con sed de vino de sentido? O emborracharse con su crueldad borravino, o destrozar la cristalería vacía. Los astros esta noche, querrán contarnos sus silenciosos villancicos. ¿Estaré atento? ¿Estaré sediento, y mi cuerpo tendido como una antena? ¿O descoyunturado, a fuerza de intentar escuchar la cajita de música del año? A punto de quebrarse, como un rito vencido.
El Fin.
La Ceremonia.
El juego desarticula la memoria la literatura acaso aspira a decir lo que en un cuerpo vaciado se espera encontrar. El suspiro del alma. La ceremonia del adiós (un año más baja como las horas, spinetta y bach), concierta las miradas y también las desvía de ese punto oscuro donde aguarda el morir, la agonía.
Llenar la casa de música estridente, apagar las luces del canto de las estrellas: las sirenas.
Quisiera hablar de los personajes que atirantan de mí; quiero poblarme del decir de los otros; quiero entibiarme bajo las miradas en flor; quiero el zumbar de las oraciones, el corrosivo dominio del beber de la fuente herbosa. Sentir, como el navegante pánico, la tirantez de las fuerzas que trazan las tormentas. Ser puro animal, salvaje, dominador del dolor. Saltar en espasmódicos saltos los tejados, oler las profundidades del sentido, bucear el sin sentido y volver indemne de mis combates con Dios. Y en un lapso, tan breve como el suspiro, escribir los años, la gente, los amores como un faro girandulamentebrillar.
Todo se multiplica, se apila como cubiertos y porcelana sucia para lavar. ¿Lavar qué? ¿Lavar cómo?
Un pétalo rosado sobre la tapa de mi cuaderno marrón, más allá mi padre sentado, tal vez disimulando un temor ante el hijo meditabundo, melancólico y pelotudo (esto lo digo yo.) Como rayos esbozados, enlazar los objetos y los actuantes; tejer una línea histórica y ofrecerla a la devoción de la épica. Luego viene las horas y las corta con tijeras herrumbradas.
Hay algo cierto (al menos en este tiempo), el dolor hay que disolverlo en el agua. Hay dolor en los movimientos más minúsculos (el agitarse de los cabellos, la serenidad y transparencia que crece a nuestro alrededor.)
Papá no puede mantenerse en la quietud de la contemplación. Ya siente que el dolor lo paraliza (también, maldito, se instaura en la inmovilidad), se levanta como en un espasmo, toma una escalera y se prepara a reparar el farol del patio. Pretende la luz expandirse en su vacío, su promesa de alejar la materia obscura que crece en derredor. La familia debe mantenerse dentro de la calidez de la luz. Y afuera, la noche, las promesas y temores convidados, las estrellas palpitando entre inmensidades de tenebro negror.
Lentamente, la noche última del año se va apagando; los perfiles de las cosas se van diseminando en esta materia fluídica de la invisibilidad. Creo, por un momento, diluir mis pensamientos y pesares en su insubstancialidad. El farol promete prenderse, como el germen de una voz amorosa.
El Farol.
La luz.
El fin.
La contemplación que se apaga, la materia oscura ahogando el farol, la luz pringosa queriendo existir las cosas, las copas tintineantes, los fuegos de artificio como manotazos de ahogado, la luz extinta, el vino tinto, el tintinear de los cristales, la fragilidad, la transparencia, la invisibilidad, la no-contemplación, el pensamiento oculto bisbiseando, la escalera que se estira al farol, la luz, la luz, la oscuridad entorno, la oscuridad; el fin es mi principio; mi principio es el fin.
Las fiestas (sus fragmentos) se prendieron en la oscuridad.
Esperar un nuevo año, subir los peldaños y encender el farol (para que entre tanta oscuridad, “alguien” nos vea y se nos acerque, convidado de vidrio, chinchín y el sol.)

martes, diciembre 27

Dos reflexiones dispersivas sobre los Efectos del Cine

1.
¿Existe una estética del video clip?
Supongo que primero habría que hacer una ajustada definición de qué se entiende por "video-clip". Diría que se comporta como una unidad mínima mass-mediática que agrupa en forma indisoluble música (ritmo) e imagen. Aún cuando la imagen narre una historia, está se verá fragmentada (reducida metonímicamente) merced al ritmo. Imágenes lánguidas y largas en ritmos bolerísticos; imágenes relampagueantes y dinámicas en ritmos rockeros. Obviamente, que el "video-clip" (y aquí sí podrías hablar de una "estética") influyó especialmente en el cine, pero principalmente en la propaganda (ya no es el jingle pegadizo que venía de la radio sin disolverse con la imagen, puesto que debe constituir parte del video y no ser necesariamente una "marca" cantada como lo era el jingle. Recuerdo esa propaganda hecha con trozos de canciones de rock nacional que salió hace un buen tiempo, en la cual cada personaje cantaba la letra según lo que quería decir.)

En el cine, basta con pensar en la famosa escena de "Titanic"; en las escenas dinámicas de "Matrix" (una buena pelea sólo puede darse con la música: especialmente cuando quedan suspendidos en el aire en medio de un salto, la música se arrastra, hasta que vuelve a ponerse en movimiento.) Hay que pensar que muchos de los nuevos cineastas comenzaron haciendo videos, y luego pasaron a formatos más amplios, pero llevaron en ellos una dinámica del video que terminó por modificar la estética del cine.

2.
El remake de King Kong no es más que la reactualización tecnológica de los efectos cinematográficos. El problema no es cómo se vuelve a contar una historia antigua, sino, cómo volver a maravillar nuestro sentido de la verosimilitud visual. Viendo la película anterior, con Jessica Lange, el mono parece el amigo dunga-dunga del Temerario (o el muñeco articulado Joe, creo que así se llamaba, de su versión posterior.) Y si nos remontamos a la película original: ese conjunto de pelusas negras sobre una torre de juguete, manoteando como un robot descompuesto los biplanos que lo circunvuelan tensados de sus piolines invisibles; el efecto de extrañeza visual, la incomodidad al borde de la risa, terminan por eclipsar el argumento de la historia misma.

Entonces, sobre una línea de tiempo, puedo establecer tres puntos de reactualización tecnológica, para que la historia funcione. Tres coordenadas en el tiempo que definen y mejoran nuestra forma de percibir una representación para que ésta se vea imbuida de cierta realidad sorprendente. De la misma manera, que ciertas culturas indígenas no captaban un dibujo en perspectiva sino como la trama "abstracta" y geométrica de un tapiz (no ven la escalera.), la película anterior se vuelve obsoleta, menos "civilizada."

Es curioso también, ver cómo esa historia antigua de lo monstruoso y salvaje irrumpiendo en la ciudad, deriva a través de las formas y los efectos: por un lado la serie de los Kong, por otro el de los Tiranosaurius (los King y los Rex.) En la primera serie estarían las dos primeras versiones comentadas; en la segunda: "El Mundo Perdido", "Jurasik Park" y "Godzilla". Sin embargo, en la última película de King Kong, ambas series se cruzan: dinosaurios y gorilas gigantes. Siempre la apuesta debe ser más alta que la anterior (dado que la historia está impresa como un logo kitch en nuestro imaginario visual), y los nuevos paradigmas científicos deben estar representados argumentalmente en ellas para sustentar el efecto hiperrealista de la verosimilitud cinematográfica.

sábado, diciembre 17

A los posibles sorprendidos

Por fin cambié el template de "Dural".

Es posible que siga haciendo algunas modificaciones. La más importante es la carátula, cuyo diseño gráfico pertenece a mi hermana menor. Como verán, aúna dos aspectos de mi universo mental: la ingeniería aeronáutica y las letras. En el márgen izquierdo, asoma lo que creo es un beechcraft: avión sobre el que trabajé en el taller del secundario. En el derecho, aparece sesgado un manuscrito que no es el mío, pero que bien podría ser el de ustedes. Dural es la abreviatura comercial del Duraluminio, un aleación que ha sido muy utilizada en los aviones por su buena relación peso/resistencia.

Por otro lado, reemplacé en mi Perfil el nickname completo por mi nombre (¿verdadero?) Aún así, seguiré firmando como "acteon", ya que sigue siendo un concepto y un vector de fuerza identificatorio en el medio electrónico. Como verán, mi nombre real y el virtual siguen siendo el de un anónimo, lejos de la academia y de los mass media.

A pesar de las posibles confusiones y divergencias, hay una huella en la escritura que difícilmente cambia, por más facilidades que tengamos en el arte de la falsificación o la impostación, y creo que la mía fluctua con su fosforescencia habitual.

Cualquier queja que tengan al respecto, será debidamente recibida y atendida en la administración correspondiente.-

Muchas gracias.-

viernes, diciembre 16

J. Rulfo refuta el profético anuncio de R. Ferro

Roberto Ferro, el derridiano crítico de la literatura latinoamericana, había lanzado ya hace una año atrás, su profecía académica: "MONOGATARI será el próximo premio Juan Rulfo para Cuento."
Hoy, la publicación de los resultados en la página de la entidad que lo organiza a través de Radio Francia Internacional, muestra esa clara refutación.
Después de todo, entre 5946 cuentos armados de dientes, garras y picas, imagino a mi pequeño cuento inmerso en una atmósfera asfixiante de selección darwiniana, donde las marcas proféticas (su triple 6 esperanzado) no le han servido más que para cruzar el mar.
Bueno, otra vez será. . .
y otra, y otra, y otra. . .

[Pienso que tal vez marquetiniando con las derrotas, exhorcise los demonios de la mudez y la ilegibilidad. ¿Por qué cada tanto, uno vuelve a caer en las fuerzas extrañas, en el pensamiento mágico? Ya pasé por dos cenas de fin de año, y mi número no sacó el DVD, o la TV de pantalla plana, o siquiera, el ventilador de mesa o la batidora manual(?) Encima me sacaron plata para el Gordo de Navidad, midiosmi!]

sábado, diciembre 10

Coda a "Escribir en el sueño"

La imposibilidad de transcribir o contar un sueño, es la espantosa necesidad de adecuarlo a un lenguaje; y aún cuando pueda existir un hilo conductor, una trama fina que los hilvane con presteza, basta la presencia de un "objeto indecible" sobre una repisa de un cuarto del sueño, para que se desvanezca esa precisión; basta la interacción entre el sujeto y ese objeto, para sumirnos en la más penosa insatisfacción: la deseada le arrebata el rostro de un indecible; un gesto imposible de ver, que nos devuelve al velar de un hecho impronunciable que "nunca" acontecerá de este lado: del de la vigilia.

domingo, diciembre 4

Un domingo en Kapput

Ayer, sábado por la mañana, escribí un post para Kapput dominical, luego de haber recibido su amable invitación.El centro de gravedad del texto, además de la pregunta heráldica que lo dispara, es un sueño extraño y muy preciso que tuve hace mucho tiempo. Mi post, comienza así:

A medida que se acerca el fin de año, tendemos a hacernos ciertos replanteos: inquietudes que como sueños persistentes, asumen la forma simple y antigua de una pregunta. Y esta pregunta la he visto surgir en varios lugares y tiempos de la red, fantasmática y siempre apartada como una molestia visual y nocturna. “¿Para qué escribir?”

Una de esas tantas preguntas antiguas, un arcano, como esos bellos escudos heráldicos que aúnan en una familia maldita: los nombres de Benjamin, Barthes, Blanchot (triple B perspectivada), los péndulos de Foucault, los escapismos de Rimbaud, los lectores negados de Massei. Y por supuesto, nuestros nombres anónimos también: el de los acicateados por las palabras y las imágenes mentales. Para el lector, será sólo el dulce bamboleo del medio de transporte meciéndose en su libro, o la serena lectura bajo la sombra de aquel árbol. Pero para quien escribe, hay un salto de Zenón entre palabra y palabra.


Y continúa en el polifónico Kapput.it, haciendo un click en: Escribir en el sueño (y otras inestabilidades)